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lunes, diciembre 16, 2024

Mariana


Lo que pasa es que me tenés cansado Mariana. Querías que te dijera y bueno, te digo: Me tenés cansado con esa martilladera tuya, dale que dale que dale sobre lo mismo una y otra vez. No más. Me cansé. 

Estoy reventando de la presión Mariana, entendeme. Es que no se trata de que estés todo el día buscándome las aristas, no soy un tronco viejo mujer, yo también siento, yo también me duelo.

Si, es verdad, yo sé soy difícil y tengo mil imperfecciones, pero vos...  

¿Vos?...

Vos lastimás Mariana. Me lastimás. 

No, no me digas eso. ¿Por mi bien? Vos no estás tratando de pulirme, no es eso. Es que sos así, vivís pegada de todo, de cada pedazo, y taladrás, taladrás y taladrás como si quisieras llegar al fin del mundo y me llenás de huecos y de cicatrices. Y me los veo, ¿sabés que están ahí cuando me miro en el espejo? Los veo. Veo los huecos y las cicatrices.

Termitas, esa es la palabra que estoy buscando. Termitas. Estoy lleno de agujeros y solo quedan los nudos, esos que son como de piedra y que me amarran y no logro liberar.

¡Por qué me mirás así, Mariana!

¿Qué te entienda? Entendeme vos a mí, por favor entendeme. Me paso en ese taburete todo el día y vos me mirás así, y llegas y me decis que no, que así no es, y yo me siento tan... me siento tan… 

¡No sé como me siento Mariana!¡Pero siento, eso es lo importante, que también siento! Eso es lo que me pasa.

¿Por qué te parás? No, pero no te vayás que quiero que hablemos. Que me expliqués. Siempre me decís que hablemos y ahora te ponés así. Yo te dije, yo te lo repetí.

No me dejés hecho polvo Mariana que no sabés lo que me cuesta decirte eso. Mariana no seas así.

No cerrés la puerta.

No te vayás, Mariana.

viernes, enero 31, 2020

Cotidianidades (XXII)

Hay una relación entre las palabras y la edad. No es novedad, lo sé, pero permítanme explicarlo.

Un día alguien te dice «señor». En ese momento, de golpe, envejeces 10 años y te encuentra la edad adulta.
Luego, otro día, alguien te dice «don». Allí descubres que las canas que creíste que "caminando rápido no se notaban", si lo hacen. Y que esas cosas que llamabas líneas de expresión, en realidad, deberían llamarse por su nombre, el de verdad, y no ese que te inventas para seguirte creyendo joven.

La cosa grave no termina ahí.

Un día cualquiera, al final final, llega la palabra que lo 
termina todo, aquella que hace que caigan sobre ti los años que aún no habían llegado. Ese día, un cualquiera, alguien que no conoces, un vendedor o el cajero de algún banco te dice, sin pensarlo: «padrecito».

Ese día comienzas a considerar comprar ese atractivo paquete funerario que no sabes bien por qué no habías visto antes y miras hacia el infinito como cuando ves que en el cine pasan los créditos que anuncian el final de la película y solo resta esperar The End.

martes, marzo 12, 2019

El Minotauro

Cuando Ariadna entró al laberinto lo descubrió vacío.  Valiente, tomó hilo y cuero, y se hizo una máscara de toro que ajustó, fuerte, a su cabeza.

Cuando se corrió la noticia de que el monstruo había regresado, la ciudad recuperó su esplendor y gloria.

No puede existir laberinto sin Minotauro.

sábado, febrero 16, 2019

Mister Fox

En la vida he conocido todo tipo de turistas. Hay unos, extraños ellos, a los que denomino turistas express: son los que buscan devorar todo lo posible en cada minuto de su viaje. A veces creo que aquel será el único viaje de su vida y, quizás, por eso no paran de correr. Entre esos destacan unos, los más particulares, que buscan 10 ciudades en una semana. Nunca he logrado saber cómo se atreven a decir que lo conocieron todo. Son divertidos ellos. Despiertan cada día antes de salir el sol y corren, siempre corren, en una sola carrera en que no hay más meta que correr.
El otro extremo lo ocupan los calmados. Despiertan tarde, nunca saben a donde irán ese día. Creo que esperan, tan sólo, conocer realmente el pedacito de lugar al que llegaron. Si alguien que conociera aquel lugar les preguntara cómo les pareció, describirían aquel sitio con tal detalle que quien preguntó diría que el lugar debía haber cambiado mucho desde la última vez que fue. Por suerte nadie les pregunta nada, pues quienes los conocen temen perder el día entero escuchando su respuesta.
Hay otros, los turistas de caparazón, que van con la casa a cuestas. Esos son los que no tienen hogar en ninguna parte, pero a todas partes llaman hogar. Llegan a viejos con joroba y con memoria, pero también con desarraigo.
Están los turistas de celular, que buscan siempre los sitios famosos para tomarse, frente a ellos, fotos con cara de pato y cuerpo en curva para que también se vea su cola levantada. Esos son peligrosos. Cuando comen toman fotos de su plato y luego piden que lo cambien porque está frío. Algunos de ellos, los peores, suelen andar con un palo largo que agitan hacia los lados como si fueran armas de defensa personal. Perdón, dicen, y luego vuelven a poner la boca a punto para decir cuack.
Yo, por mi parte, soy un turista de librerías. Sospecho no somos muchos aunque tal vez me equivoque... Es una especie extraña, bien lo sé.
Permítanme explicarme: Cuando llego a una ciudad busco primero el hotel y allí descargo las maletas y luego, como quien no quiere la cosa, preguntó al recepcionista si conoce la dirección de la librería más cercana. A veces compro, por supuesto, pero otras me limito a estar allí, mirando, tratando de entender lo que entre paredes aquellos libros quieren decir. Las librerías, aprendí, son una confesión del librero que las puso.
Cuento esto para explicar que, en mi último viaje, en Bogotá, tuve la fortuna de encontrar un sitio que no había visto antes. En esa ciudad hay librerías maravillosas, pero ésta de la que hablo destacaba por un simple motivo: allí los libros no están puestos por autor o por editorial. La sección de novedades, llena siempre en todas partes, es, de hecho, bastante pequeña. Es más: la librería entera se recorre en una sola exhalación. Lo curioso, lo realmente extraño, es que allí los libros están acomodados por dolencia.
No, no me he equivocado de palabra. Los libros están acomodados por dolencia.
Aquel lugar, más que librería, es una suerte de farmacia en la que en vez de libreros han contratado boticarios.
» Buenas tardes, señor, ¿qué le anda doliendo?
+ Tengo nostalgia de la familia, dice uno, entrado en años, que acaba de cruzar la puerta.
» Entonces venga por aquí, que está la sección con libros sobre madres y padres y hermanos y abuelos...
» ¿Tiene ausencia, tal vez, porque alguna muerte llegó antes de tiempo? Entonces camine conmigo, que en este estante hay historias de princesas que aprenden de la muerte de sus padres y de patos que se olvidan de nadar.
+ Lo mío es... (dice una señora de mediana edad)
» ¿Si, dígame?
+ Lo mío es que olvidé cantar
» Entonces venga, señora, que aquí hay libros de mujeres que le enseñan a recuperar la voz...
Entre preguntas supe leer de dolores y de angustias, de crisis y de padecimientos que no faltan, y todos ellos, allí, sonaban fáciles de diagnosticar. Entre recetas y prescripciones recordé a aquel zorro que hablaba de amor a un príncipe que no sabía dibujar.
Quise preguntar algo, cualquier cosa, pero mi cabeza estaba en blanco. Hubiera podido inventar algo, decir que estaba triste, que la risa se me había quedado enredada en el pelo de una mujer de la que no sabía ni el nombre, o que no sabía bien quién era, tal vez inventar alguna enfermedad... pero no pude pensar en nada. Nunca he sido de enfermedades imaginarias y la mayoría de las reales ya se han ido curando solas, aunque siempre han dejado cicatriz.
Me despedí de todos y agradecí la tarde.
Al llegar a casa escribí esto que aquí pongo.
En el reverso de la hoja he comenzado una lista de dolores. La tendré en el bolsillo del pantalón, o en la billetera, justo al lado del documento de identidad.
Tal vez, cuando sea grande, pueda volver a aquel sitio y, entonces, comenzaré a preguntar.

miércoles, enero 23, 2019

Café con palabras

Se llamaba Ana, y atendía el turno de las 2 hasta las 10 de la noche. Tenía ojos cafés.
Se llamaba Juan, y todos los días a las cinco le compraba, a Ana, un café, largo, con leche de soya y dos toques de canela.
Su amor hubiera sido eterno de no ser porque una tarde Juan descubrió que, en el vaso del café de quién se sentaba en la mesa a su lado, Ana había escrito las mismas palabras que él creía eran solo suyas.

sábado, enero 12, 2019

Pálpito

Dicen que Facebook es algo que ya solo usan las mamás y las abuelas, y Rosalía, que ya es las dos cosas, lo usa el doble.

Tiene 63 años, un matrimonio, 4 hijos, una separación y 4 nietos. También tiene un amante. O lo tendrá, porque el lunes, a las 2:47 pm recibió un mensaje de un desconocido en su Facebook.

En la pantalla de su tableta aquella campanita dice hola.

Se llama Jorge, y le comenta que vió su foto y quiso conversar con ella. Le pregunta además de dónde es y a qué cosa se dedica.

Rosalía se pasa el día en angustia. A las 7 y 23 minutos de esa noche, su hija mayor, nada más cruzar la puerta, ve a su madre sentada, intranquila, en una silla.

+ Mija, dice Rosalía. Es que tengo algo que preguntarle.
- ¿Qué pasó mamá?
+ Ay, mija, es que me habló un hombre que yo no conozco.
- ¿Cómo así mamá?

Rosalía explica, y la hija, entre risas, le propone que investiguen si acaso aquel hombre será real.

Es médico de 69 años, según su perfil es separado y tiene un hijo, ya grande, que vive en Europa. El perfil parece real, no muestra ninguno de los indicadores típicos de ser una cuenta falsa o un príncipe nigueriano que quiere compartir su fortuna.

- Salúdelo tranquila, mamá, pero eso sí, por ahora no le vaya a decir que vive en Medellín. Máximo dígale que vive en Colombia.

Rosalía, a la lista de sus 63 años, un matrimonio, una separación, 4 hijos, 4 nietos, un amante, le ha agregado una mezcla entre angustia y emoción.

Jorge vive en Costa Rica, y le conversa un rato por las noches, cuando no tiene turno. Se saludan por la mañana, y se despiden para dormir. Es cardiólogo, y eso ella lo hubiera imaginado porque por su culpa le anda dando brincos el corazón.
Ya van 4 meses, y la hija de Rosalía le dice que mucho cuidado con ir a mandarle fotos sin ropa o cosas así. Las dos se ríen, sobretodo la hija al ver cómo se escandaliza la mamá.
Las amigas de Rosalía se burlan de ella. Dicen que se consiguió un médico extranjero y que desde eso parece una quinceañera. Con decir que ni de la ciática se ha vuelto a quejar. También le dicen que se cuide, que seguramente se ha de tratar de un hombre que la quiere estafar, o peor aún, de uno de esos truanes que no tiene sino el mismo interés que todos los hombres tienen. A Rosalía, por primera vez, se le metió una tristeza dentro.

Todo hubiera estado bien si esa misma noche Jorge no le hubiera preguntado si acaso no quisiera salir de viaje a Costa Rica.

Allí se terminó todo.

Porque Rosalía tuvo un pálpito. Pensó que aquel hombre se estaba tomando atribuciones que no eran las debidas. Primero pedía eso, quien sabe que pediría después.

Rosalía tiene casi 64 años, un matrimonio, 4 hijos, una separación, 4 nietos y un corazón que le cojea, un poco, del lado izquierdo. Los hijos dicen que debería ir al médico, pero ella no quiere porque siente, en lo profundo, que un cardiólogo le rompió el corazón.

lunes, noviembre 26, 2018

Un amor en 100 palabras

Magdalena me dijo que me daba 100 palabras para enamorarla. Me quedan 88 y aún no sé qué decirle. Magdalena me ha dado 100 palabras y una esperanza. No es mucho, dirán algunos, pero eso es porque no la conocen como yo. Me quedan 45, y se me ocurre algo. Es una idea pequeña pero tal vez funcione.
Busco sus ojos negros, y me paro frente a ella. La miro, como si mirara por primera vez la ciudad y me pregunto si alguien habrá tratado de enamorar una mujer con 100 palabras.
Me decido y le digo:

» Hola, Magdalena.

viernes, agosto 24, 2018

Cotidianidades (XIX)

Tomo un bus. Es de noche y me acomodo junto a la ventana. A mi lado una mujer. Tiene 40, o tal vez 45 años. Su pelo pinta blancos donde antes sólo habitaba el negro.

Llora.

Veo el perfil de su rostro, iluminado por la luz de la pantalla de su celular. 
De sus ojos, ríos. 
La piel, de blanca luna. 
Las lágrimas de evidente sal. 
Sollozos sin voz que son un grito.

Reviso mi morral y encuentro una servilleta del sánduche que aún no me como.

» “Está arrugada, pero limpia“, digo, mientras extiendo mi mano.

Ella la toma sin decir palabra. Trata de limpiar sus mejillas con aquellas servilletas, también sus ojos, pero aquello resulta tan vano como tratar de contener una cascada con un vaso. La miro y pienso en su tristeza. 
¿Será acaso la misma tristeza que llevo yo adentro? ¿La tristeza de las cosas que no fueron? ¿La tristeza de las cosas que dejaron de ser? Pienso en mi familia, en la lejanía cruel de estar y no saber, del silencio infinito de aquella soledad. Por dentro, de golpe, me agarran unas inmensas ganas de llorar.

Toda tristeza es un mundo, pienso.

A mi lado su llanto sigue, ya sin pantalla frente a esos ojos que son un mar que nada ve.

Quiero decirle que lloremos juntos. Ofrecer el hombro, o tal vez el pecho. Me pregunto si estará mal ofrecerle un poco del sánduche que llevo sin abrir, porque sé que las tristezas con la panza llena duran siempre menos. Pienso si, tal vez, será mucho pedir, que aquella noche duerma conmigo, que tal vez un abrazo ayude, que tal vez sonreiremos los dos después de llorar, que la mañana, juntos, tal vez nos regale incluso alguna risa...

Y mientras todo eso pienso, aquel bus sigue, 20, 30, 40 cuadras. No hago nada, torpe que soy. Al fin abro mi mano y la pongo sobre mi pierna. Es una invitación... tal vez.. sólo tal vez... Tal vez podamos comenzar por tomarnos de la mano para, por una noche no estar tan solos, tan tristes, tan desamparados.

Ella se pone en pie, con ese rostro, húmeda luna, y por un segundo acaricia mi mano.

» Gracias, me dice.

» Gracias, le digo yo.

Es de noche. Cada cual se aleja, con su tristeza a cuestas. Toda tristeza es un mundo, insisto.

lunes, agosto 13, 2018

Escala musical

El RE, de resonar cansado, repite amores viejos. Renguea un poco de su pie, pero igualmente recorre cada día los recuerdos del pasado.

El MI lo quiere todo, egoísta como es, y el FA que está a sólo medio tono, se niega a estar con él. (Pero a veces, de bemol la una o de sostenido el otro, se vuelven uno solo)

Entre el SOL y el LA hay también una vieja historia. Se amaban, pero LA quería estar sola y sentía que con SOL sobraba una letra entre los dos

SI, por mucho, es la más feliz. Yo supongo sea porque está siempre dispuesta a todo aquello que le preguntan.

Lo contrario pasa con el DO, que a todo se niega, hasta a aliviarse de la gripa.

Y luego viene el RE, pero de ese no cuento nada nuevo, y no me quiero repetir.

jueves, agosto 02, 2018

Paraguas

» Buena noche mamá, ¿me presta el costurero?
+ Buena noche mija, está ahí en el cajonero, ¿se mojó mucho?
» No tanto amá
+ ¿Qué está haciendo mija?
» Aquí, arreglando un regalo que me dio el conductor del bus.
+ ¿Cómo así?
» Es que cuando llegamos al paradero se largó ese diluvio y el conductor del bus me regaló este paraguas. No está bueno, del todo, me dijo, pero por lo menos la tapa algo.
+ Mija, pero que lo va a arreglar. Los paraguas son muy baratos. Si quiere yo le regalo uno.
» No mamá, no es por eso, es que me gustó que el conductor me lo regalara.
+ ¿Y que está haciendo entonces?
» Cosiéndole la tela a las varillas.
+ No justifica mija
» Si justifica mamá. Es que hay paraguas que le mantienen seco el cuerpo a uno, pero yo creo que este es de los que mantienen seco el alma.
+ ...
» ...
+ ¿Me deja yo le ayudo mija?

miércoles, agosto 01, 2018

Cotidianidades (XVIII)

En una esquina tres vendedores conversan. Me acerco y pregunto a uno: ¿qué vale la guayaba? A 3000, me dice . Detrás de mi llegan tres personas más...¿Qué vale la guayaba? Pregunta cada uno de ellos, sin escuchar.
El vendedor se sonríe y me dice: "me lo voy a llevar a trabajar a un depósito cerquita de mi casa, o si usted puede más bien quédese un ratico más". Su compadre, al lado, me dice que "le compre algo para poder bajar bandera." El otro vendedor cierra la frase diciendo que "ni el nombre de Dios ha hecho".
Y yo me alejo, sonriendo, mientras pienso en la belleza de las palabras cuando sabes lo que dicen.

martes, julio 31, 2018

Cotidianidades (XVII)

Monto en bus, de nuevo. En la banca a mi lado escucho a un joven hablar con su madre:

"Le tengo una sorpresa mamá; es que me voy a graduar de técnico profesional. No entiendo mijo. Es que no me voy a graduar de técnico sino de técnico profesional; profesional mamá, profesional. ¡Qué es esa emoción mijo!. Si mamá, ya voy a poder trabajar en lo mío, no como si sólo fuera un curso mamá..."

Y la mamá, desde aquí la veo, no puede ocultar el brillo en sus ojos. Una parte de lágrimas, dos partes de orgullo.

viernes, julio 27, 2018

Cotidianidades (XVI)

Entro a la peluquería como hago cada par de meses. Me miro al espejo y encuentro la barba cada vez más larga y el cabello cada vez más blanco. Hay un peluquero nuevo. Mucho gustó: Daniel. Mucho gusto, tocayo.

Tiene 16 años, recién cumplidos, y comparte mi nombre. Me pregunta que corte quiero y luego me cuenta una historia. Que tiene 16, ya lo dije, y que corta el pelo desde hace cuatro meses de manera profesional. Es que antes lo hacía sólo con los vecinos, y no podía trabajar porque no se había graduado.

Le pregunto si le gusta el trabajo y me dice que si, que siempre, que mucho. Que cuando era niño su mamá cortaba el pelo y a el eso le gustaba y que cuando fueron al colegio a ofrecer un curso el le pidió a la mamá (rogó, dice, rogó) que lo apuntara. Usté pa qué mijo, pa trabajar amá que eso es lo que me gusta, usté verá mijo, gracias amá. La mamá no supo que el ya se había matriculado y que la pregunta era por si acaso. ¿Por si acaso que?, me pregunto... Por si acaso todo, me respondo.

Eso le gusta, insiste, aunque no sea muy bien pagado. En Europa un corte vale 60 euros, no como aquí que pagan es 10.000 devaluados pesos. Y en Estados Unidos pagan como 100, dólares, claro, que los euros son sólo en Europa. Eso es mucho, le digo, eso es mucho, me repite.

¿Se quiere ir?, le pregunto. No, no por ahora, que le gusta cuidar a la mamá porque ella ya no corta el pelo. Algún día si, seguro viaja, que puede trabajar en cualquier parte porque todo el mundo se corta el pelo. Pero a India no. En India les gusta el pelo largo, y allá los peluqueros se mueren de hambre. ¿Si será? Le digo. Eso dicen, asegura.

En la puerta alguien más se acerca: ¿Tiene turno? Acabó y lo atiendo, dice.

Me dice que gana la mitad de lo que hace, mitad para la barbería, mitad para el. Así es mejor porque no le toca a él poner los materiales. Deja la máquina de afeitar en la pared mientras comenta que su mamá tenía una igual pero de las viejas, que le duró más de 20 años y yo me río hacia adentro, pensando en que el sólo tiene 16.

Esta listo señor, muchas gracias Daniel.
¿Cuanto es? 14. Son 4 extra por la barba.

Le pago mientras le doy las gracias. En su bolsillo se guarda la mitad.

Mucho gusto: Daniel. Mucho gusto....

jueves, julio 26, 2018

Una habitación con ventana

Se llama Carolina y vive en la casa 206. Desde hace varios años se acompaña por un televisor que habla sin parar desde una habitación en el primer piso, con ventana hacia la calle. Tiene el vicio de dejarlo prendido cuando está en casa, sin importar el canal. Así se siente acompañada.

Una noche, a las 7:38 exactas, la luz que sale a través de la ventana muestra los deportes. En la calle, sin que ella lo sepa, Víctor camina. Tiene unos 40 ya vividos y desde hace varios meses pasa sin falta frente aquella casa a esa misma hora. Nadie lo espera nunca, así que cuenta sus pasos como quien trata de no llegar.

Esa noche la fortuna quiere que Víctor se detenga. Un grito de gol hace que mire a través de una cortina suave que da a la luz del televisor una sutil imagen, levemente borrosa.

Dentro, Carolina descubre aquel reflejo en la pantalla de la televisión. No siente miedo. Ese reflejo, sea de fantasma o de ladrón, implica por lo menos una compañía distinta a la que aquella voz del televisor produce. Espera, sin atreverse a voltear su rostro. Piensa, acaso, que aquella imagen desaparecerá si vuelve su cara hacia la ventana.

A las 7:53 aquel reflejo desaparece. Carolina se queda pensando. No puede evitar una ligera sensación en el estómago.
Al día siguiente aquella misma historia se repite. Víctor no se da cuenta que ese día, la cortina está ligeramente abierta en la mitad de la ventana.

Así pasan los días, o más bien las noches. Cada vez aquella cortina un poco más abierta. Hasta que una noche, está abierta por completo. En la televisión la misma escena de cada noche, pero Carolina, valiente, no está en el sofá. Caminando por la calle se acerca a Víctor y, sin duda alguna, lo invita a entrar.

Él se niega. No puede, dice. Le da pena, insiste. Ella repite, por favor. El dice no, disculpe usted. Ella piensa si volverá. El piensa si volverá. Sigue su camino. Ella entra de nuevo a su casa. El entra a la propia. Los dos, sin entender bien por qué, lloran el mismo llanto a unas cuadras de distancia.

La noche siguiente, a las 7:30, Carolina ha quitado la cortina y dejado la ventana abierta. Ha puesto sobre aquel andén dos sillas, una mesita, dos pocillos y una pequeña jarra de café. La escena parece sacada de alguna postal de un café francés.

A las 7:38 Víctor camina por la calle. Se sonríe y se sienta en aquella silla.

Desde aquella noche aquel televisor nunca ha vuelto a estar encendido en la noche. Pero, si alguien mirara a través de la ventana, vería dos siluetas que se miran. Adentro, sus bocas se sonríen en una sola fiesta.

miércoles, mayo 16, 2018

Una mujer llorando

Hoy he visto una mujer llorando. Dicen mis amigos que todas las mujeres lloran, que es algo natural en ellas y que hay que acostumbrarse. Yo no lo sé de cierto. Lo que sí sé, es que yo lloro con ellas. No debería parecerme extraño verla así, enjuagando con el borde de sus manos la comisura de sus ojos, tratando de limpiar aquella lágrima que ya rodaba por el borde de su cara, pero algo en ella había, en esa mirada que no es triste y sin embargo llora, en esa mirada dulce que convocaba el agua.

Aquella mujer lloraba mientras sus manos, pasaban una a una las páginas de un libro.

Temí preguntarle por su tristeza, que soy de naturaleza tímida y dado a las fantasías.

» Disculpe señorita, ¿Por qué llora?
» Por un hombre
» ¿La ha tratado mal acaso?
» No a mi, sino a mi amiga, la de la página 44. Pero es como si el dolor me lo causara a mi.
» La entiendo. Siempre hay quienes maltratan a otros que son como uno aunque no son uno.
» ¿Usted cree?
» No sólo creer, señorita, que yo lo sé de cierto.

Pero nada de aquello dije, y nada de aquello dijo ella. Soy tímido, ya lo dije.

En cambio me quedé allí, sentado, viendo como sus manos se deslizaban suavemente acariciando las páginas de un libro.

Ella no me vio. Nunca alzó la mirada. Me consuelo pensando que tal vez algún día lea estas breves frases y descubra que yo lloro viendo a una mujer que llora viendo las páginas de un libro.

viernes, abril 06, 2018

Cotidianidades (XIII)

Me paro frente a todos y comienzo. Es una clase más. Ya he perdido la cuenta de cuántas van en este curso. Hablamos de cosas que cambian el mundo, de cosas que no lo hacen, de un tema y luego de otro. Entonces trazo una línea y luego otra y menciono un color.

Me miran, extrañados, y dicen que es otro. Tienen razón, por supuesto. Confundo los colores como quien confunde gatos pardos en una noche oscura. Soy daltónico les digo.
Siempre ocurre lo mismo luego, las mismas preguntas que he escuchado desde niño una y otra vez:  ¿Es verdad que el verde lo ven rojo y el rojo lo ven verde? ¿De qué color es esta camisa? ¿Y esa otra? ¿Y esto de qué color es?

Es una rutina que ya conozco. Hablo de aquel enredo en mi cabeza entre el verde que es gris o tal vez café, de los azules y morados que son iguales siempre, del amarillo y el naranja, irremediablemente semejantes. Hablo de mis ojos que nunca miran igual. Hablo.

Entonces, no se bien por qué, me confieso:
Yo no tengo muchos sueños - les digo- pero si pudiera cumplir tan solo uno quisiera ver un arcoíris.

Se miran unos a otros. No saben bien que decir.  Se hace el silencio.
Uno de ellos se pone a reír. Y luego otro, y otro más. En instantes la risa es parte de todos.

Sonrío también.
Seguramente sean los nervios, me digo.
Sonrío insisto, aunque dudo que noten que mi sonrisa es aquella que se pone  cuando algo se rompe por dentro.


A veces es difícil no sentirse abandonado.

lunes, marzo 26, 2018

La mujer del Cocodrilo

Un día desperté transformado en cocodrilo. Al principio pensé que era un asunto extraño, que nadie había vivido antes. Pero luego recordé a Gregorio Samsa, ese que despertó un día transformado en escarabajo o cucarrón.

Traté de llorar, pero de manera previsible sólo lágrimas de cocodrilo salieron de mis ojos. En mi cama no había nadie, así que pensé que tal vez, con un poco de suerte, la casa estuviera vacía y mi transformación pasaría inadvertida. Pero aquel consuelo duró poco, pues unos segundos más tarde la puerta se abrió de repente.

Pensé en el terror que sentiría mi amada al verme. Los gritos, que sin duda atraerían a los vecinos dispuestos a matar a aquel reptil que yo era, el espanto, el infinito miedo al pensarse devorada, y luego el dolor y la soledad como única consecuencia. Pero nada de aquello pasó, ni terror, ni espanto, ni miedo. Nada de eso.

En cambio me miró largamente y luego se desnudó y se metió en la cama. Estuvimos varias horas metidos bajo las cobijas, como si se tratara de un río en el cuál nos sumergimos entre giros y rugidos. Cuidé siempre que mis dientes no rompieran su piel. Cuidé que mis garras no hicieran jirones su cuerpo. Cuidé que mis escamas no lastimaran sus manos. Pero a ella poco le importaba aquello. Entre giros me atrapaba. Se metía en mi boca abierta y me tentaba a que la cerrara.

Cuando de repente se llenó de agua me revolqué en ella, cocodrilo de agua dulce. Cuando cansados nos sobrevino el sueño me sumergí en su sudor, cocodrilo de agua salada.

La mañana siguiente mi cuerpo era, de nuevo, aquel que siempre había sido, sin escamas, sin garras, sin dientes.
No encontré rastro suyo en la cama. Pero en el piso, marcando el camino hacia la puerta, huellas de garras amplias como platos aruñaban el piso y marcas de dientes tallaban la manija de la puerta.

Hasta el día de hoy sigo esperando que aquel cocodrilo vuelva a despertar conmigo.



sábado, marzo 24, 2018

Media vida

El día que Juan Simón Santacoloma cumplía los 40 años abrió las puerta de su casa, se sentó en el estrecho andén y comenzó a hablar. 

Estaba en la mitad de la vida, dijo, y además estaba sólo. Y triste. No sabía si era la soledad lo que lo ponía triste o más bien por culpa de la tristeza se la pasaba en soledad. Se sentía roto, como un florero viejo al que ya nadie ponía flores, como un jarrón que al quebrarse había sido pegado sin encontrar todas las piezas.
Le pesaba el alma, con el peso que se aprende a reconocer con cada año, con cada vida, con cada fracaso. No sabía decir cuantos kilos pesaba aquello, pero bien sabía que antes, cuando sonreía, aquello pesaba menos, pero que ahora el mundo entero se condensaba justo allí en medio del pecho. 
Dijo en voz alta que tenía miedo. De la noche, del día, del mañana. Pero también de la memoria que implacable lo llevaba hacia el pasado y le recordaba sus errores, un recuento de desgracias que se había cansado de contar.
Habló, como no hacerlo, de amores pasados y perdidos, de las derrotas de cada pérdida, de los sabotajes que el mismo había cometido sin ser nunca consciente de ellos. Que ponía el papel higiénico del lado contrario, que a veces olvidaba levantar la tasa del baño, y que casi siempre se distraía a la hora de poner el suavizante en el lavado, asuntos todos ellos que habían resultado gravísimos y que ninguna mujer, por lo menos de las que le habían tocado en suerte, lograban tolerar.
Entonces lloró. Como las magdalenas, los saucos y los vasos con agua fría. Lloró como quien nunca había partido una cebolla. Y cada pérdida era una lágrima, y cada sollozo un recuerdo que le apretaba el corazón.

Y cuando las lágrimas se le acabaron tomó aire, se puso de pie y entró a su casa de nuevo cerrando, con doble llave, la puerta del frente. No fuera a ser que alguna de las palabras dichas aquella tarde fuera a meterse a su casa de nuevo.

martes, marzo 06, 2018

Hilo

En frente de mi casa, los lunes, a las 5:06 minutos, pasa siempre una mujer. Media la vida en su caminar, siempre presuroso.

Nunca me ha visto. No sabe que existo. La miro siempre escondido atrás de la cortina. Ella camina, sólo eso.

Mis amigos me dicen que me decida a hablarle, que no pierdo nada con intentar, que tal vez ella me quite la tristeza o tal vez hasta me quiera con ella. Pero yo soy tímido y además no tengo nada que decirle. Pero yo he pasado ya los años en los cuales decía a una mujer que me gustaba. Pero yo... ya tengo un plan.

He amarrado un ovillo de hilo a la pata de mi cama. Lo he llevado de mi alcoba hasta la puerta, y de allí he cruzado los tres pisos hasta la puerta del edificio. La punta del hilo está ahí, justo en el medio de la calle por la cual ella pasa. Son ya las 5:03.

Tal vez aquella mujer sepa leer entre hilos que en el centro del laberinto, una suerte de Minotauro tímido la espera.