jueves, junio 22, 2017

¿Sufrirán de insomnio los centauros?



A veces me pregunto si sufrirían de insomnio los centauros
Quizás en las noches, cabeza y cuerpo discutían.
La luna, desde lo alto, vería aquella parte de caballo que lo único que deseaba era salir a galope, llamado por praderas y por campos.
También vería, alta en el cielo, aquella parte de hombre que se cansaba de pensar, que contener ya no podía y que, sin embargo, insistía.
Ceder, quizás, sería perder el último asomo de humanidad.

O tal vez el insomnio sería otro.
La cabeza pensaría en cosas por decenas. Cosas mundanas, por supuesto. Qué habría de comer mañana, si acaso en algo podría trabajar, si de algo podría vivir un día más. Si quizás, a pesar de aquel extraño cuerpo alguien habría de darle promesas de futuro.  La parte de animal seguramente se iría a descansar, agotada de sus trotes sin sentido.

Es posible que en algunos, caballo y hombre hubieran dejado de pelear. Tal vez correrían juntos. Tal vez juntos hubieran dejado de correr. Tal vez aprovecharían la noche para jugar con la sombra y verse tan solo como caballos, o tan solo como humanos (qué mas da....) O tal vez, solo tal vez, algún centauro se habría aceptado como lo que es.

Es posible, insisto, pero no probable. Porque mientras cabeza y cuerpo se pelean no escuchan aquel corazón cansado que una noche cualquiera se cansará de galopar.

miércoles, junio 21, 2017

Nombres de mujer

Durante las últimas semanas he posteado en estas Soledades algunas imágenes y textos con nombres femeninos. Son parte del último proyecto que he hecho público "NOMBRES DE MUJER".

Es un proyecto que, en realidad, cuenta ya con varios años encima pero que nunca había hecho público. Cuenta la historia de un montón de mujeres que me han regalado historias. Algunas se han cruzado en mi camino y hemos compartido un espacio de la vida. Otras sólo se cruzaron en el camino y me regalaron la historia que aquí cuento.

Como son historias que tienen una vida propia también un espacio propio les he dado.



Allí, cada lunes y durante cerca de medio año estará publicada una historia nueva cada vez. Pasado ese tiempo, cada cuento quedará allí, con cierta vana ilusión de eternidad.

Mi recomendación para los lectores es que busquen y lean las historias directamente allí. Aquí, en Soledades, también estarán puestas como un repositorio de la mayoría de mis búsquedas artísticas, pero allí estarán escritas y presentadas de manera especial, como creo se merecen.
Así que ya saben: Estan todos invitados.




lunes, junio 19, 2017

CÁNDIDA

Desde niña, Cándida soñaba con sonidos. Dormida, escuchaba sonidos como los demás veían colores. Era de una belleza simple, dulce, un poco pequeña (petite decía ella), y con una sonrisa que iluminaba todo, sin importar que fuera noche cerrada.

Temprano en la infancia se vio ocupada por la vanidad. Su preocupación no tenía mucho que ver con el cuerpo, sino con la voz, con lo que decía, pero sobretodo con el cómo lo decía. Se preocupaba por tener una melodía en sus palabras, por duras que ellas fueran. Al primer descuido de sus padres comenzó una estricta dieta. Solo se alimentaba con instrumentos musicales.

Dependiendo de la hora elegía el instrumento que iba a comer. Si era de almuerzo se dedicaba a comer instrumentos grandes, incluso pesados. A la comida se iba por instrumentos más livianos como un oboe o un clarinete. Y de desayuno se iba por lo frugal: un pícolo, un triángulo, uno que otro violín.

Con el tiempo fue aprendiendo a acomodar su estómago a su régimen de alimentación. La cosa cambió de sonido cuando al llegar a la adolescencia la atacó el hambre que solía llegar con la edad. Ahora era capaz de comerse un piano entero y completarlo incluso con algo de violonchelo. Su apetito, por esas épocas no era coherente con su apariencia de mujer petite...

Con el tiempo su cuerpo fue cambiando. Era lógico dada su compleja alimentación. Su voz siempre fue melodiosa, eso sin duda. Pero su cuerpo era... bueno, digamos que poseía una extraña armonía. No tenía forma de guitarra, ni de violín. Sus piernas eran más bien gruesas como la boca de la tuba. Su vientre apretado como el cuero de un par de timbales bien afinados. Sus dedos eran largos como el arco que tocaba la viola. Y su cabello era blanco. Y negro. Y blanco. Y negro otra vez.

La buena de Cándida consiguió trabajo en una orquesta. Cantaba, claro. Pero cuando los demás músicos vieron su dieta toda la orquesta se revolucionó. Ya ningún músico dejaba su instrumento solo, ni siquiera en los breves recesos que tenían entre ensayo y ensayo. Hasta al baño comenzaron a llevar sus instrumentos, con tal de mantenerlos lejos del apetito de Cándida. La peor parte la llevó el pianista, pero el percusionista y el contrabajista también llevaron lo suyo. Debían esperar a que Cándida saliera para vigilar que no fuera a comerse una baqueta, o a robarse el arco, o quizás un par de teclas.

Un día el hambre de Cándida al fin se calmó. El viejo director de la orquesta descubrió que lo que Cándida necesitaba era comer la batuta que, por dentro, iba a ordenar la orquesta que ella era.

CÁNDIDA


CÁNDIDA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.

lunes, junio 12, 2017

MAYRA

Mayra vivía entre hilos y telas. Enamorada del tejer y del telar, soñaba con que el cielo no era más que un enorme tejido negro del cual en hilos de oro habían bordado estrellas. Un sueño cliché sin duda, pero al menos un sueño propio.

Todo comenzó al momento de nacer. Su madre había sido costurera y de pequeña la arrullaba poniéndola justo al lado de una vieja máquina de coser Singer que nunca había faltado a su trabajo. Al rítmico sonido del motor Mayra conciliaba el sueño, en una canasta ablandada con retazos de tela que su madre guardaba con la esperanza de, algún día, hacer un vestido de colores para su dulce niña. Con el paso de los años, aquel vestido fue creciendo, agregando nuevos retazos mientras la propia Mayra alcanzaba más centímetros que su madre dibujaba detrás de la puerta. Con cada centímetro una nueva franja, con cada acontecimiento un nuevo trozo de color, una nueva historia que adornaba aquel hermoso vestir. Durante toda su infancia, y gracias a aquel ritual casi secreto con su madre, nunca faltó a Mayra que ponerse. Pero pocos años después lo que faltó fue tener a su familia más tiempo con ella. El padre se había ido antes de nacer, y a su madre la visitó la muerte antes de tiempo, justo cuando Mayra se convertía en ese nudo que envuelve todo en la adolescencia.

Comenzó a trabajar en una fábrica de ropa, pues de algo debía ella vivir. De mañana nunca la veían salir de casa, y en las noches los vecinos tampoco la veían llegar. Si alguien encontraba que Mayra estaba en la calle, solo podría afirmar que estaba en el camino, sin nunca saber si iba o si acaso regresaba.  Hablaba poco, y quien la escuchaba nunca encontraba en el hilo de su historia alguna de sus puntas, ni la del principio ni la del final. Mayra lo prefería así, pues no quería de nuevo quedarse sola sin una historia, sin alguien que la escuchara hablar.

Un día se volvió mayor de edad y los demás comenzaron a hablar a sus espaldas como suelen hacerlo los adultos cuando se enfrascan en ridículas discusiones de punto cadeneta chisme. Afirmaban que Mayra era complicada como un carrete de hilo suelto o más bien como un ovillo, o tal vez como una madeja, como aquel montón de hilos que su madre (que en paz descanse) manejaba. Algo de razón tenían, pues cada uno de sus actos era un nudo permanente. Incluso en el amor, pues siempre amaba sin principios ni finales. Amaba como el nudo que era ella.  Amaba eternamente.

Cuando se desnudaba parecía que se dejaba la vida en cada prenda que resbalaba de su cuerpo. Los botones se zafaban uno a uno. Quitaba el broche de su sostén con tal lentitud que a veces parecía que no se movía en absoluto. Los retazos de su vestido parecía que se abrían costura a costura con una parsimonia tal que no podía saberse si la ropa en realidad se hacía o se deshacía. Mayra quería que aquel instante durara por lo menos un par de eternidades, que en la madeja que ella era no fuera a entrar ninguna tristeza, ninguna soledad. Al momento del amor, justo instantes antes del orgasmo Mayra se desdoblaba, se desenredaba, se desmadejaba, iba abriéndose tan grande como era, y de la nada parecía que le salieran un par de brazos más, otro juego de largas piernas.

Entonces por única vez sus amantes lograban ver sin nudos aquella madeja. Mayra, destejida en medio de la cama dejaba que su amante viniera a ella, y luego, tan solo un par de segundos después del orgasmo comenzaba a enredarse de nuevo. Las puntas se amarraban, su cabello se hacía lazos, aquellos 4 brazos se tensaban en torno al tronco y las piernas, las largas piernas, se doblaban y anudaban sin permitir movimiento alguno. Mayra temía, aunque no lo confesara, que ahora fuera su amado quien antes de tiempo la dejara.

Nunca su amante tenía tiempo de escapar. Mayra los ahorcaba entre sus telas, y después se sentía arrepentida. Así que los devoraba, bocado a bocado, de manera que siempre vivieran en ella, tejidos de la vida que era ella. Y, para ocultar el cambio de tamaño después de devorarlo, Mayra, la dulce Mayra, tejía ahora una nueva franja de retazos que adornaba su vestido.

MAYRA



MAYRA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.