Meto mi lengua en tu boca
Un abrazo húmedo
Un baile de pareja
Recorro tus labios y busco tu cuello
Lento
Me deslizó por la piel
Un recorrido por caminos que ya conozco
Pliegue a pliegue
Línea a línea
Me distraigo en la curva de tus senos
Me encuentro
Desemboco en tu ombligo
Sigo.
Meto mi lengua entre tus labios
Baila sola
La rodea tu piel carnosa
Arroyo y río
Bendita lengua
Coqueta lengua
Inquieta lengua
Entonces tiembla
Te Doblas
Te desdoblas
Y mi lengua aprieta
Paras
Respiras
Respiro
Meto mi lengua en tu boca
tu lengua la invita a bailar.
viernes, septiembre 08, 2017
domingo, septiembre 03, 2017
Árbol
Hoy he estado mirando papeles viejos. Entre ellos han aparecido, juegos y dibujos, ensayos, búsquedas y algunos abandonos.
Sobretodo eso: Abandonos. Historias que no fueron, dibujos que nunca terminé. Cuadros que no fueron.
A veces el cajón de sastre es un poco la metáfora de la vida misma. Un peregrinar de historias inconclusas, de puntos suspensivos que no terminan de contar, de cosas que siendo no lograron ser del todo.
He encontrado este cuadro en el fondo del cajón, escondido en una bolsa.
Un árbol clavando sus raíces en el pasado.
***
Nombre: Árbol
Técnica: Crayola sobre cartón paja
Año: 2015 (o cercanos)
jueves, agosto 17, 2017
El navío.
Hay un barco perdido en la tormenta
un navegante en un mar desconocido.
Las noches son todas un silencio
como antiguas despedidas
que lo dicen todo
sin decir palabra.
Hay mañanas que no llegan
ayeres que se quedan
y se repiten
y vuelven
y regresan.
Días que son uno siendo otro
que de ser no cesan
que de pasar se cansan.
Y aquí estoy,
timonel de un buque de fantasmas
de memorias perdidas
de sucesos olvidados
de palabras que sin nacer se ahogan en el silencio
enorme e infinito
de las estrellas que no llegan.
Hay un azul que no sé si es cielo
o mar.
Hacia él camina el tiempo
sin amarres
sin anclas
ni aparejos
sin redes
sin caminos.
Un navío de mares perdido.
Etiquetas:
Palabras
,
Plástica
,
Plastilina
,
poema
jueves, agosto 10, 2017
Paisaje
Una vez leí que cada árbol es en realidad un bosque.
Me contaron que cada camino es en sí un destino.
Un amante de los viajes me repetía con frecuencia que el cielo no es más que el comienzo
y que las montañas (de colores a lo lejos)
no son otra cosa que un nuevo horizonte abriéndose camino.
Me dicen con frecuencia que debo viajar más.
que el paisaje está en los ojos
que es el corazón el que mira
que la belleza esta siempre allí, afuera...
Me dicen muchas cosas los amantes de la vista y del paisaje.
¿Cómo los convenzo a todos ellos de que la belleza siempre ha estado es en sus ojos?
sábado, julio 29, 2017
Cotidianidades (III)
A mí se me acabó la adolescencia de golpe, en un supermercado hace un montón de años. Un día, aún no sé cómo ocurrió, iba caminando entre las diferentes secciones cuando de repente me encontré en medio del pasillo de los enseres de cocina. No corrí en un intento de escape desesperado (lo cual seguramente ya era un indicador de edad) sino que me quedé allí, casi quieto, medianamente inmóvil. Frente a mí se hallaba un pequeño sartén. Delicado y elegante. Una obra de arte de la ingeniería culinaria. Pensé, recuerdo, que nunca había visto que bonito resultaba aquel simple artefacto.
Pucha, de golpe me cayeron encima los años. Game Over. Fin del juego. En la pantalla apareció “the End”.
No sé a quién diablos le dio por poner, escondido entre las ollas, algo así como un “disparador de conciencia de edad propia”. Durante años pensé que eso sólo me había ocurrido a mí. Que había sido un momento único e irrepetible de descubrimiento propio. Es lógico, me imagino, que cada persona tenga su propio recuerdo específico del día y la circunstancia particular por la cual descubrió que la juventud había terminado. Yo tendría ese, de las ollas, y san se acabó. No más filiaciones ollístico-temporales. No más relaciones olla-edad. Pero hoy, ¡hoy!, hace sólo unos minutos, descubrí que las ollas, las malditas ollas, se han confabulado.
Porque mientras cocinaba, hora de la cena, decidí ensayar con un plato nuevo. Nada complejo, simplemente una receta que no había preparado antes y entonces bajé la cabeza y en vez de tomar una pieza cualquiera de mi pequeña batería de cocina tomé una olla en particular. Esa que compré una vez en un viaje. Esa que uso mucho pero que hoy, de golpe, descubrí que es mi olla favorita.
Fue algo así como una epifanía de teflón. Un descubrimiento propio con mango de madera. Una confirmación con alma de aluminio. Porque otra vez me di cuenta que se pasaron los años. Que la juventud esa con la que llamamos a la adultez primera no es más que una mentira. Que ya estoy grande y siempre, cada día, estarán allí las benditas ollas para recordármelo.
Y recordé también que mi mamá tenía una ollita. Un perol pequeño que veía yo en la infancia. El teflón se le caía ya a pedazos, y creo no había desayuno en el cual no comiéramos huevo debidamente fortificado con trazas de aquel metal. Pero ella seguía con su perol, todos los días puesto sobre la estufa. Seguramente ella pensaba que cuando aquel perolcito muriera se le acabaría de golpe alguna juventud (falsa también) con la que nombraba a los 40.
Voy a llamarla a preguntarle, pero antes creo guardaré mi ollita. No es por nada, aclaro, pero prefiero evitar que algo malo le pase.
Pucha, de golpe me cayeron encima los años. Game Over. Fin del juego. En la pantalla apareció “the End”.
No sé a quién diablos le dio por poner, escondido entre las ollas, algo así como un “disparador de conciencia de edad propia”. Durante años pensé que eso sólo me había ocurrido a mí. Que había sido un momento único e irrepetible de descubrimiento propio. Es lógico, me imagino, que cada persona tenga su propio recuerdo específico del día y la circunstancia particular por la cual descubrió que la juventud había terminado. Yo tendría ese, de las ollas, y san se acabó. No más filiaciones ollístico-temporales. No más relaciones olla-edad. Pero hoy, ¡hoy!, hace sólo unos minutos, descubrí que las ollas, las malditas ollas, se han confabulado.
Porque mientras cocinaba, hora de la cena, decidí ensayar con un plato nuevo. Nada complejo, simplemente una receta que no había preparado antes y entonces bajé la cabeza y en vez de tomar una pieza cualquiera de mi pequeña batería de cocina tomé una olla en particular. Esa que compré una vez en un viaje. Esa que uso mucho pero que hoy, de golpe, descubrí que es mi olla favorita.
Fue algo así como una epifanía de teflón. Un descubrimiento propio con mango de madera. Una confirmación con alma de aluminio. Porque otra vez me di cuenta que se pasaron los años. Que la juventud esa con la que llamamos a la adultez primera no es más que una mentira. Que ya estoy grande y siempre, cada día, estarán allí las benditas ollas para recordármelo.
Y recordé también que mi mamá tenía una ollita. Un perol pequeño que veía yo en la infancia. El teflón se le caía ya a pedazos, y creo no había desayuno en el cual no comiéramos huevo debidamente fortificado con trazas de aquel metal. Pero ella seguía con su perol, todos los días puesto sobre la estufa. Seguramente ella pensaba que cuando aquel perolcito muriera se le acabaría de golpe alguna juventud (falsa también) con la que nombraba a los 40.
Voy a llamarla a preguntarle, pero antes creo guardaré mi ollita. No es por nada, aclaro, pero prefiero evitar que algo malo le pase.
sábado, julio 15, 2017
Cotidianidades (II)
A riesgo de sonar repetitivo, a mi también me hace llorar la cebolla. Algo debe estar mal con la maldita. Tal vez abusaban de ella cuando era un pequeño retoño, o tal vez sea una suerte de crueldad interna, algo innato que la lleva a actuar así.
Hace unos años cuando comencé a vivir sólo pegaba a veces, en la noche, mi oído a la nevera. Cuando el motor dejaba de sonar se escuchaban dentro los murmullos. Escuchaba sus gritos sofocados y luego los llantos también ahogados de otros vegetales. Lloraban los tomates y la lechuga. Se que era todo culpa de ella, de la cebolla, a pesar de que la puerta estaba cerrada. Al abrir el cajón de las verduras todas tenían su olor. A veces se expandía a otros cajones. Una vez incluso el agua llegó a tener aquella presencia invisible a los ojos pero completamente innegable. Porque ella, lo sé, se había pasado molestando a todas con esa infinita crueldad, esa malicia obvia que se interna capa tras capa, cada vez más profunda, más adentro, contenida a la espera de salir.
Hoy en día la guardo siempre separada. Uso un recipiente aparte, de aquellos de cerrado hermético que no permiten que se abra desde adentro. Cuando la saco suelo partirla casi con la misma sevicia que ella ha demostrado con los otros. Es creo la única tortura que he realizado en la vida. Cortarla en cuadritos pequeños, casi diminutos, imperceptibles a la boca. Pero ella insiste y ejecuta su venganza.
Porque sabe que mientras más veces la corte, con más fuerza me hará llorar. Porque sabe, que cuando empiezo se me vienen de golpe otras tristezas. Y entonces nunca paro de llorar.
Hace unos años cuando comencé a vivir sólo pegaba a veces, en la noche, mi oído a la nevera. Cuando el motor dejaba de sonar se escuchaban dentro los murmullos. Escuchaba sus gritos sofocados y luego los llantos también ahogados de otros vegetales. Lloraban los tomates y la lechuga. Se que era todo culpa de ella, de la cebolla, a pesar de que la puerta estaba cerrada. Al abrir el cajón de las verduras todas tenían su olor. A veces se expandía a otros cajones. Una vez incluso el agua llegó a tener aquella presencia invisible a los ojos pero completamente innegable. Porque ella, lo sé, se había pasado molestando a todas con esa infinita crueldad, esa malicia obvia que se interna capa tras capa, cada vez más profunda, más adentro, contenida a la espera de salir.
Hoy en día la guardo siempre separada. Uso un recipiente aparte, de aquellos de cerrado hermético que no permiten que se abra desde adentro. Cuando la saco suelo partirla casi con la misma sevicia que ella ha demostrado con los otros. Es creo la única tortura que he realizado en la vida. Cortarla en cuadritos pequeños, casi diminutos, imperceptibles a la boca. Pero ella insiste y ejecuta su venganza.
Porque sabe que mientras más veces la corte, con más fuerza me hará llorar. Porque sabe, que cuando empiezo se me vienen de golpe otras tristezas. Y entonces nunca paro de llorar.
martes, julio 11, 2017
Cotidianidades (I)
Hay un momento del día en el que los que vivimos en alguna gran ciudad podemos observar en un instante todas las emociones del ser humano, pero sobretodo sus desilusiones. Es un momento breve, ya lo dije, que suele durar 10, 15 o a lo sumo 30 segundos. Varía según la ciudad y la hora. No hablo del noticiero, ese reino del miedo y la maldad humana. Hablo de aquellos segundos en los cuales se abre, en una estación cualquiera, la puerta del metro.
Hay quienes no ven nada, sentados mirando la pantalla de su celular como si fuera aquella una ventana propia a un mundo ajeno. Los que aún abren los ojos suelen compartir miradas y ver rostros que de otra manera jamás verían.
Hay caras que siempre se repiten, por ejemplo la de la decepción. Hoy la vi en una mujer que observaba el metro con esperanza, pero al ver la puerta abrirse descubrió que no tenía forma de ingresar. Decepción chiquita, dirán algunos, pero quien sabe que historia tendría ella que abordar. No hay decepción peor que la de llegar tarde a la historia propia.
También está siempre el rostro del desconsuelo. A veces se ve en quienes ya llevan 3 o 4 vagones en los que no pudieron entrar. Tantas decepciones juntas que llegan a ese rostro. Pero hay otros casos, esos son los peores, en los que el desconsuelo llega por acumulación de desgracias, porque antes, al despertar, alguna tragedia se posó sobre los hombros. Es entonces cuando un simple metro, se vuelve la comprobación de que la vida no pasa por buen momento. A veces basta un metro para entender todas las desgracias propias.
Hay algunas personas que piensan que fueron elegidas como guardianas de alguna suerte de comodidad invisible. Son los que se hacen en la puerta y no permiten que nadie ingrese. Suelen mirar con cara de malos perros, de malas pulgas, de pocos amigos. Esos en realidad son los peores. Son malas personas. Todos aquellos que los conocen dan fe de eso en la intimidad del secreto.
También suele estar allí, benditas sean, mujeres que tienen una suerte de complicidad en la mirada. Son aquellas que ves desde lejos, qué te miran a los ojos, que te sonríen con aquella sonrisa secreta en la cual sobran las palabras. Ésas son aquellas que nunca dicen nada pues su sonrisa ya lo dice todo.
No puedo evitarlo, yo siempre me enamoro de esas.
Quizás por eso a veces en el metro me siento triste sin motivo, porque sé por dentro, en lo más profundo, que cada viaje es la promesa de un amor que nunca fue.
Hay quienes no ven nada, sentados mirando la pantalla de su celular como si fuera aquella una ventana propia a un mundo ajeno. Los que aún abren los ojos suelen compartir miradas y ver rostros que de otra manera jamás verían.
Hay caras que siempre se repiten, por ejemplo la de la decepción. Hoy la vi en una mujer que observaba el metro con esperanza, pero al ver la puerta abrirse descubrió que no tenía forma de ingresar. Decepción chiquita, dirán algunos, pero quien sabe que historia tendría ella que abordar. No hay decepción peor que la de llegar tarde a la historia propia.
También está siempre el rostro del desconsuelo. A veces se ve en quienes ya llevan 3 o 4 vagones en los que no pudieron entrar. Tantas decepciones juntas que llegan a ese rostro. Pero hay otros casos, esos son los peores, en los que el desconsuelo llega por acumulación de desgracias, porque antes, al despertar, alguna tragedia se posó sobre los hombros. Es entonces cuando un simple metro, se vuelve la comprobación de que la vida no pasa por buen momento. A veces basta un metro para entender todas las desgracias propias.
Hay algunas personas que piensan que fueron elegidas como guardianas de alguna suerte de comodidad invisible. Son los que se hacen en la puerta y no permiten que nadie ingrese. Suelen mirar con cara de malos perros, de malas pulgas, de pocos amigos. Esos en realidad son los peores. Son malas personas. Todos aquellos que los conocen dan fe de eso en la intimidad del secreto.
También suele estar allí, benditas sean, mujeres que tienen una suerte de complicidad en la mirada. Son aquellas que ves desde lejos, qué te miran a los ojos, que te sonríen con aquella sonrisa secreta en la cual sobran las palabras. Ésas son aquellas que nunca dicen nada pues su sonrisa ya lo dice todo.
No puedo evitarlo, yo siempre me enamoro de esas.
Quizás por eso a veces en el metro me siento triste sin motivo, porque sé por dentro, en lo más profundo, que cada viaje es la promesa de un amor que nunca fue.
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