Desde hace ya varias semanas tengo un pliegue atrapado en la punta de los dedos. Busca salir, noche tras noche, sin encontrar aún camino. Y es un asunto doloroso.
Muchas veces he escuchado a profesores y psicólogos hablar de las bondades del arte como actividad que permita el esparcimiento, la distracción de los problemas diarios. Los he visto decir que hacer arte es sano para el espíritu y que llena de una tranquilidad maravillosa. Los he escuchado, hablar de la experiencia propia. Pero también los he visto dudar de lo que dicen.
Y los comprendo. Si bien el arte es una vía de escape, y en el caso propio un canal de comunicación de lo que en el alma ocurre, algunas veces se vuelve también una angustia profunda, una frustración, un dolor profundo de incompetencia, de sentirte a punto.
Estas semanas he vivido la angustia de estar cerca, de estar a punto, de saberme a tan sólo un par de minutos, y al mismo tiempo la profunda lejanía, saber que aún falta un infinito para llegar al fin a la obra esperada, a la imaginada, a la deseada.
Y aún así, a veces la imaginación es caprichosa. Mil veces he estado a punto del mismo dobles, y dos mil veces más se ha presentado como un imposible, como una ruptura a las leyes de la física, como un abuso de las superficies y de los pliegues que en ellas se pueden realizar.
Estas semanas no es la musa quien se esconde, es el eureka de encontrar la técnica que permita al alma decir
miércoles, junio 20, 2012
lunes, mayo 28, 2012
Caballitos de mar
Decía mi abuelo que antes existían tiempos más simples. Eran tiempos en los que cada cual hacía lo que a bien quería hacer. Había quien subía al cielo cada noche y pegaba en el estrellas; trabajo de nunca acabar sobra decir pues justo al culminar la jornada alguno más llegaba pintando el cielo entero de color azul. Otros se dedicaban a colorear las hojas de los árboles, según la estación que otros más quisieran en los prados dibujar.
En esos tiempos, según cuenta, el mar era una mujer inmensa y dulce. Bastaba estar a su lado para que el vaivén bajo su cintura vientos de huracanes atrajera. Llamados por la tormenta, los marinos se perdían a si mismos. Era lógico; tanta agua tenía aquel mar que ahogaba los pesares, dejando sólo recuerdos de humedad.
Aquella mujer solo una vez se había enamorado. Fue, según cuenta, de un hombre pequeño y dulce que siete días tardaba en recorrerla y 78 noches empleaba en amarla. Ningún empleo tenía aquel hombre, más que el de sacarle cada noche brillo al rostro de la luna. A pesar de su pobreza, de él se enamoró aquella mujer cuando para conquistarla le regaló siete caballos libres a quienes apenas enseñaba a galopar
Entonces dios se cansó de tanto desorden, y se tomó unos días para separar los cielos de la tierra, la luz de la oscuridad y todo aquello que los domingos en misa suelen contar. Lo que no cuentan es que aquel hombre se quedó atrapado en la luna sin poder de nuevo bajar.
Hasta su regreso ella ha cambiado lo dulce por lo amargo y aquel movimiento se ha convertido ahora en un simple mecer que en las olas se reconoce. Y sin embargo, aún a veces se sonríe, cuando en medio de la luna llena el galope de los caballos recorren sus piernas acariciándola de abajo a arriba, revolcándole con su paso los recuerdos del amar.
martes, mayo 08, 2012
Logos
Años atrás diseñé una figura que llamé "logos". Es una palabra griega con múltiples traducciones, una de ellas es "palabra". La figura y la entrada, hablaban precisamente de palabras, de aquellas cosas por decir.
Esa ha sido siempre la intención de soledades y de mis pliegues. Hablar de aquellas cosas que el alma ha querido contar, de los sueños en las noches, de la forma de ver el mundo.
Sin embargo, el ejercicio de soledades ha sido un ejercicio siempre solitario. Era lógico debido a su nombre, pero también lo es dado el camino que llevan los pliegues y el arte como tal.
Sin embargo, en algunas ocasiones maravillosas las palabras y modelos dejan de ser propios y llegan a otros. Algunos los pliegan, otros los leen, otros simplemente los ven. Pero otros, algunas veces, hacen arte con ellos.
Carlos Gonzalez Santamaría, un célebre y bien conocido origamista español ha tomado una de las fotos de Logos, y la ha convertido en algo diferente. No muchos conocen que además de origamista es un talentoso dibujante, quien me ha dado sin yo esperarlo este maravilloso regalo.
Carlos, muchas gracias por darle un lugar en vos a mis palabras.
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| Foto cortesía de Carlos Gonzalez Santamaría. Los derechos de esta foto se encuentran reservados, y es usada en este blog con su autorización. |
La entrada original, y el acceso a su maravillosa galería pueden verlo aquí.
miércoles, mayo 02, 2012
Sea Dragon
Creen quienes viven a la orilla de aquella playa, y en eso no se equivocan, que los caballitos de mar son en realidad sutiles pieles que envuelven en su interior infinitas cantidades de agua dulce.
No es, eso es seguro, un agua cualquiera. Cuentan que el primer caballo de mar en realidad era una yegua proveniente de la tierra. No bastaban para ella las praderas ni las llanuras, en tierra el sol siempre la quemaba, secando sus ideas y sus sueños de galope.
Decían los ancianos sabios que aquella yegua había contraído la enfermedad de la sed. No bastaba el agua de quebradas o ríos, su sed era siempre eterna. Así que galopó hasta el mar donde esperaba saciar su sed tranquila.
Era natural que con el paso del tiempo se volviera de agua, y cambiara las praderas terrestres por verdes campos submarinos, sus cascos por aletas, y su soledad de tierra por la compañía fértil del dulce mar.
Lo que no saben los ancianos es que bajo el agua, aquella yegua de mar se enamoró. No resultaba fácil aquel amor, sin duda diferente. Con sus relinchos de caballo amaba un árbol en el borde del acantilado, cuyas raíces en el mar bebían. A veces aquel árbol estiraba sus raíces y trataba de meterse en ella, dulce como era. Otras, era ella quien esperaba que las ramas tocaran el agua y entonces se amarraba a cada hoja como aquellos que desesperadamente aman suelen hacerlo.
Aquel amor tan grande fue que con el paso de los años aquel árbol se fue encogiendo, hasta tal punto que un día aquella yegua marina lo metió dentro de sí, tan profundo que desde entonces yegua de mar y árbol son uno sólo. Desde aquel día se esconden juntos en el mar profundo, uno en otro, a la espera de nuevos tiempos en los que aquel amor de agua dulce de a la luz una nueva raza de dragones de mar.
No es, eso es seguro, un agua cualquiera. Cuentan que el primer caballo de mar en realidad era una yegua proveniente de la tierra. No bastaban para ella las praderas ni las llanuras, en tierra el sol siempre la quemaba, secando sus ideas y sus sueños de galope.
Decían los ancianos sabios que aquella yegua había contraído la enfermedad de la sed. No bastaba el agua de quebradas o ríos, su sed era siempre eterna. Así que galopó hasta el mar donde esperaba saciar su sed tranquila.
Era natural que con el paso del tiempo se volviera de agua, y cambiara las praderas terrestres por verdes campos submarinos, sus cascos por aletas, y su soledad de tierra por la compañía fértil del dulce mar.
Lo que no saben los ancianos es que bajo el agua, aquella yegua de mar se enamoró. No resultaba fácil aquel amor, sin duda diferente. Con sus relinchos de caballo amaba un árbol en el borde del acantilado, cuyas raíces en el mar bebían. A veces aquel árbol estiraba sus raíces y trataba de meterse en ella, dulce como era. Otras, era ella quien esperaba que las ramas tocaran el agua y entonces se amarraba a cada hoja como aquellos que desesperadamente aman suelen hacerlo.
Aquel amor tan grande fue que con el paso de los años aquel árbol se fue encogiendo, hasta tal punto que un día aquella yegua marina lo metió dentro de sí, tan profundo que desde entonces yegua de mar y árbol son uno sólo. Desde aquel día se esconden juntos en el mar profundo, uno en otro, a la espera de nuevos tiempos en los que aquel amor de agua dulce de a la luz una nueva raza de dragones de mar.
martes, abril 17, 2012
Escorpión
Con el paso de los años y los pliegues, algunas ideas se han mantenido y depurado, otras han cambiado como quien se cambia de vestido, y otras más han perdido su momento.
Probablemente la más importante de esas ideas ha sido la búsqueda de una voz propia en las caricias dadas sobre el papel. ¿Cómo lograr que los modelos tengan esa doble vida en la cual hablen de ellos mismos, y al mismo tiempo mantengan la esencia y voz de su creador ?
Más complejo aún resulta mantener esta idea en modelos que, a primera vista poco tienen que ver con uno mismo.
En mi caso, muchos temas son lejanos. Quizás el más lejano de todos es el de los insectos. Más que por su dificultad técnica (innegable en la mayoría de ellos) hay algo en el tema como tal que me mantiene alejado. Así, cuando éste modelo comienza a tomar forma entre los dedos, parece que mi primer insecto ha surgido. Y, sin embargo, también la suerte se opone al tema. Hasta hace pocos días pensaba que los escorpiones eran parte de los insectos, errónea creencia pues son parte del mundo de los arácnidos. Y sí bien tampoco es un tema cercano, sí es por lo menos un tema un poco más familiar.
Pero, cercano o no vuelve a presentarse la pregunta con la que comenzó este texto. ¿Cómo lograr lograr que un modelo mantenga aquella doble vida, aquella doble voz?
Espero haberlo alcanzado en estos pliegues. Por ahora sólo puedo augurar que pocos insectos y pocos arácnidos seguirán visitando mis dedos. Estos, los segundos, sin duda prefieren el contacto más caliente de otra piel.
domingo, abril 08, 2012
Colibrí
Canta el colibrí cuando ve la flor enamorada,
y al acercársele la arrulla para cuidar su sueño.
Murmura palabras que suben por su tallo,
y hermosamente la flor se deja ir.
Y mientras duerme, piensa aquella ave...
"Duerme desnuda mi amada,
y sus poros se abren uno a uno para saciar mi sed.
De sus flores dulce nectar tornasol
que gota a gota tiñe de color mis plumas.
Dormida a veces habla.
Cuenta sus desvarios con cada pétalo de su cuerpo.
Su cáliz, como boca, espera el beso que la toma"
Despierta después la flor, y amarra al colibrí a su aroma.
Por siempre ha en ella de beber.
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miércoles, marzo 28, 2012
A la luz del faro
Cuando alguien preguntaba por su empleo, Ismael improvisaba una respuesta. Decía que su oficio no era mayor cosa, que el simplemente se dedicaba a llevar un poco de luz en medio de la oscuridad. Otras veces, que era un simple profesor que trataba de señalar el camino a quienes se perdían en las tinieblas. Una vez quiso decir que era sacerdote, y que marcaba el rumbo a las almas que estaban perdidas. El problema es que aquellas respuestas nunca fueron más que frases encerradas en su boca, pues nadie jamás le preguntaba nada.
Ismael vivía en soledad. Medio mundo había recorrido, hasta terminar en un pueblo perdido en lejanos mares de cuyo nombre ni él estaba seguro. Ismael operaba el faro que indicaba a los barcos el camino al puerto. Era un empleado del gobierno, es cierto, pero ya ninguno de sus integrantes se acordaba de él, y mucho menos de su faro. Nunca llegó a su playa una bombilla de repuesto, o el par de galones de pintura que quería para cambiar el color del techo. Las tejas, a veces, dejaban adentro más viento que el que había afuera, y parecía que el único lugar medianamente acogedor era, precisamente, el de la luz que marcaba el camino. Una vez, la veleta que señalaba el rumbo del viento vino a desprenderse y caer justo a un par de metros de aquella luz. Ismael, dentro de todo, lo tomó a bien. Dijo que el gallo de la veleta quería un poco de calor y por eso hasta su nido había querido poner en aquel farol.
El suyo era un trabajo solitario. No tenía más compañía que el gallo de la veleta, y los lejanos barcos que pasaban. Una vez al mes, un barco llevaba provisiones, ropa, y uno que otro libro que Ismael atesoraba y racionaba hasta el mes siguiente. De día Ismael dormía. Debía recuperar el sueño que su noche de vigía le imponía. Más sabía de murciélagos que de aves, de soledades que de compañías, de oscuridades que de claridad. Pasaba las noches mirando hacia la inmensidad del océano, buscando una mancha oscura en medio de otra oscuridad. Miraba ola tras ola, esperando que algún leve movimiento delatara un barco que no sabía hacia donde ir. Miraba en medio de la nada por si alguna luz señalaba acaso una pobre alma que no supiera cual sería su destino. Una noche conoció a Clara. Quizás conocer sea mucho decir. Ella se detuvo a mirarlo en medio del agua y le sonrió. El no quiso señalarla con la luz del faro, no fuera que acaso lastimara sus ojos. Ismael no necesitaba luz para lograr distinguirla. Veía en la noche oscura a aquella mujer que desde el agua le sonreía, y por una vez sintió que dejaba de lado la soledad.
A Clara le gustaban los hombres cuyo oficio parecía sacado de antiguos libros. Así que no fue una elección difícil enamorarse de Ismael. No había nacido princesa, ni cortesana. Ninguna sangre noble corría por su cuerpo, aunque de nobleza ella sabía. Era una mujer común, de sonrisa hermosa y cabello largo, con voz de contralto (o al menos eso parecía) y ojos que aún desde lejos se veían oscuros. Un poco joven, tal vez, pero se notaba en su rostro que compensaba la falta de años con experiencia. A Clara tampoco nunca le preguntaban de donde venía o a que se dedicaba. Aunque lo suyo no era tanto un asunto de soledad, sino más bien de abundancia de conocimiento. Todos sabían quien era, todos la conocían desde pequeña. Y, por lo mismo, Clara tenía siempre con quien conversar, siempre alguien a quien hablar.
Lo suyo era un amor de lejos. Clara visitaba a Ismael cada noche, y con ella algunas aves volaban en medio del silencio. Jamás había subido hasta lo alto del faro, ni siquiera había entrado hasta la habitación baja de Ismael. Simplemente se acercaba, poco a poco, metro a metro y noche a noche. Para Ismael aquello bastaba, y hasta el alba se veían. Poco importaba el clima, que los últimos días empeoraba. Lo único importante para Ismael era esperar la llegada de su Clara.
Ismael vivía en soledad. Medio mundo había recorrido, hasta terminar en un pueblo perdido en lejanos mares de cuyo nombre ni él estaba seguro. Ismael operaba el faro que indicaba a los barcos el camino al puerto. Era un empleado del gobierno, es cierto, pero ya ninguno de sus integrantes se acordaba de él, y mucho menos de su faro. Nunca llegó a su playa una bombilla de repuesto, o el par de galones de pintura que quería para cambiar el color del techo. Las tejas, a veces, dejaban adentro más viento que el que había afuera, y parecía que el único lugar medianamente acogedor era, precisamente, el de la luz que marcaba el camino. Una vez, la veleta que señalaba el rumbo del viento vino a desprenderse y caer justo a un par de metros de aquella luz. Ismael, dentro de todo, lo tomó a bien. Dijo que el gallo de la veleta quería un poco de calor y por eso hasta su nido había querido poner en aquel farol.
El suyo era un trabajo solitario. No tenía más compañía que el gallo de la veleta, y los lejanos barcos que pasaban. Una vez al mes, un barco llevaba provisiones, ropa, y uno que otro libro que Ismael atesoraba y racionaba hasta el mes siguiente. De día Ismael dormía. Debía recuperar el sueño que su noche de vigía le imponía. Más sabía de murciélagos que de aves, de soledades que de compañías, de oscuridades que de claridad. Pasaba las noches mirando hacia la inmensidad del océano, buscando una mancha oscura en medio de otra oscuridad. Miraba ola tras ola, esperando que algún leve movimiento delatara un barco que no sabía hacia donde ir. Miraba en medio de la nada por si alguna luz señalaba acaso una pobre alma que no supiera cual sería su destino. Una noche conoció a Clara. Quizás conocer sea mucho decir. Ella se detuvo a mirarlo en medio del agua y le sonrió. El no quiso señalarla con la luz del faro, no fuera que acaso lastimara sus ojos. Ismael no necesitaba luz para lograr distinguirla. Veía en la noche oscura a aquella mujer que desde el agua le sonreía, y por una vez sintió que dejaba de lado la soledad.
A Clara le gustaban los hombres cuyo oficio parecía sacado de antiguos libros. Así que no fue una elección difícil enamorarse de Ismael. No había nacido princesa, ni cortesana. Ninguna sangre noble corría por su cuerpo, aunque de nobleza ella sabía. Era una mujer común, de sonrisa hermosa y cabello largo, con voz de contralto (o al menos eso parecía) y ojos que aún desde lejos se veían oscuros. Un poco joven, tal vez, pero se notaba en su rostro que compensaba la falta de años con experiencia. A Clara tampoco nunca le preguntaban de donde venía o a que se dedicaba. Aunque lo suyo no era tanto un asunto de soledad, sino más bien de abundancia de conocimiento. Todos sabían quien era, todos la conocían desde pequeña. Y, por lo mismo, Clara tenía siempre con quien conversar, siempre alguien a quien hablar.
Lo suyo era un amor de lejos. Clara visitaba a Ismael cada noche, y con ella algunas aves volaban en medio del silencio. Jamás había subido hasta lo alto del faro, ni siquiera había entrado hasta la habitación baja de Ismael. Simplemente se acercaba, poco a poco, metro a metro y noche a noche. Para Ismael aquello bastaba, y hasta el alba se veían. Poco importaba el clima, que los últimos días empeoraba. Lo único importante para Ismael era esperar la llegada de su Clara.
Ismael pasaba los días en vela, y las noches con la mirada en los ojos de Clara. El viento pasaba, rápido y constante arrastrando en su vuelo otrora lejanas nubes. Las gaviotas volaban poco, sin alejarse nunca de la playa, pero nada de aquello veía Ismael. Hasta el pobre gallo de veleta empezó a quedarse relegado. Nada más que a su Clara necesitaba. Pasadas tres semanas Clara llegó, con la lluvia, a la playa. Fuera del agua, en los bajos del faro, lo esperó. Ismael bajó hasta la puerta, y la encontró. No se dijeron nada, no intercambiaron una sola palabra. Simplemente se miraron. Sus ojos, oscuros. Negros como el océano en medio de una noche sin luna, como la tormenta que empezaba. Un viento huracanado comenzó a levantar las olas. El sonido de su romper contra los muros que a duras penas custodiaban aquel faro venido a menos. Las gotas de lluvia rebotando una a una en el tejado mal formado, y la noche cerrada sólo atravesada por rayos que iluminaban su negrura. A lo lejos casi imperceptible, una llamada de auxilio. En el radio del faro un barco pedía luz que evitara golpeara contra la costa. En medio de las olas los marinos se sentían a la deriva, aferrados a aquella luz que como cuerda invisible era su última esperanza. Ismael nunca vio aquel navío, pues estaba perdido en la inmensidad de los ojos de clara.
Entonces vino la tragedia. Aquel gallo solitario de repente se vio a si mismo transformado de veleta a pararrayos, y en medio de la tormenta, un relámpago se sintió irremediablemente atraído por su encuentro. Aquella lámpara que servía de farol de repente reventó, dejando el mar en oscuridad. Ningún ave se atrevía a cantar, y en cambio gritos de muerte comenzaron a romper la noche, compitiendo con la tormenta. Ismael lloró. Bien sabía el destino que a aquellos marinos esperaba. Y Clara lo vio llorar. Subió una a una las escaleras, hasta llegar a lo alto del faro. Tomando los trozos de vidrio de aquella lámpara rota decidió abrirse el pecho en dos. Entonces todo se hizo blanco. De su pecho de sirena una luz tan intensa como el día mismo cruzó la noche. El faro señalaba el camino de nuevo. Los sonidos de muerte del navío fueron cambiando a gritos de júbilo que anunciaban que lograrían vencer aquel mal que esa noche los traicionaba. Y del júbilo se pasó a la alegría, y de la alegría a las promesas de que aquel hombre que manejaba el faro sería recordado y premiado por su heroísmo.
Ismael nunca supo de premios, ni de heroísmos. No salió a recibir las provisiones que traía el barco una vez al mes. Ni contestó al radio que decía que el presidente quería premiarlo. Ismael nunca salió de aquella torre. Se quedó, día y noche, esperando que aquella clara luz volviera a ser la sirena que el amaba.
Nunca más las aves volvieron allí a volar
Nunca más las aves volvieron allí a volar
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