miércoles, enero 25, 2012

El tren

Jaime, Carlos, Mónica, Julio, 
y todos aquellos que me han contado sus historias




Cuando niño, mi padre me dijo que "los libros son el viaje de quienes no pueden tomar el tren"


La frase no es suya, sino de Francis de Croisset, un comediógrafo francés. Mi padre, viajero incansable que casi nunca tomó el tren me enseño a mi también a viajar en el tiempo, pasados y futuros, a recorrer el pasado, el presente, el porvenir. Me enseño a deambular entre países, e incluso a recorrer mundos que podrían parecer inexistentes. Nunca olvidé esa frase, aunque confieso que hasta hace pocos días pensé que era una idea que hablaba siempre del lector.

Papel, Piel y Palabra, ha viajado ya a Nicaragua, España, Francia y Canadá. Ha recorrido buena parte de Colombia, y si la suerte le sigue sonriendo es probable que siga viajando. Y, curiosamente, he podido viajar con él.


Es cierto, no he tomado aún un solo tren, o un barco, mucho menos un avión, pero cada historia y cada destino han sido un nuevo viaje.

Sentado a su lado, he atravesado una ciudad entera, susurrando palabras al oído de un lector que, conmovido, no se ha atrevido a plegar aún. También, según me cuentan y ahora cuento yo, un pequeño de 6 años lo imagina un libro aventurero, capaz de recorrer mares y desiertos, escalar montañas y llegar desde nuevos hasta antiguos continentes. No es un libro de aventuras, eso es claro, pero eso no le impide ser un libro aventurero, que debe esquivar retenes en cada aduana, salvarse de atacantes con cuchillos, e incluso de reyes magos que no quieren dejarlo llegar a tiempo.

Viajé también hasta un hombre que plegó por última vez más de 30 años atrás. Y sin embargo hoy lee, esperando que recuerden sus dedos viejos pliegues.

Dormí también, bendecido yo, al lado de una mujer que decidió compartir con él su soledad. Que poco importa que se arruguen tus puntas si con ellas viene la felicidad.

Y también, según me he enterado hace unas horas, algún libro vive ahora bajo el agua, víctima de un aguacero de lágrimas de emoción. Ha de ser por eso que he tenido esta incomodidad en la garganta de las últimas semanas, que mojarse de manera permanente suele dar paso a malestares.

Años atrás, pensaba que los libros son un viaje... Sólo ahora logro comprender que no sólo lo son para quienes no pueden viajar, sino que también son el tren de quien ha puesto sus palabras en ellos.

viernes, enero 13, 2012

El galope de Sleipnir

Hace ya varios días que en estas soledades no aparecían seres mitológicos. Y varios días también en los que mi alma de caballo no rondaba estas palabras.

Pero hoy, las dos cosas se solucionan a un mismo tiempo. Esta entrada vuelve a los orígenes del blog, y a uno de los temas que más he planteado en él: La mitología. 

Si bien normalmente he creado modelos basados en la mitología griega, la nórdica nunca ha dejado de atraerme. En ella, especialmente, me ha cuestionado Odín a un tiempo guerra y a un tiempo poesía. 

Como homenaje a aquel hermoso dios viene hoy su caballo, capaz de correr de un solo galope tierra, cielo y agua, de viajar al reino de los muertos y al de los vivos. Sleipnir viene también a acompañar a tantos caballos míticos que recorren estas letras.


miércoles, enero 04, 2012