lunes, noviembre 26, 2018

Un amor en 100 palabras

Magdalena me dijo que me daba 100 palabras para enamorarla. Me quedan 88 y aún no sé qué decirle. Magdalena me ha dado 100 palabras y una esperanza. No es mucho, dirán algunos, pero eso es porque no la conocen como yo. Me quedan 45, y se me ocurre algo. Es una idea pequeña pero tal vez funcione.
Busco sus ojos negros, y me paro frente a ella. La miro, como si mirara por primera vez la ciudad y me pregunto si alguien habrá tratado de enamorar una mujer con 100 palabras.
Me decido y le digo:

» Hola, Magdalena.

miércoles, octubre 10, 2018

Llueve a cántaros



Llueve a cántaros.

...y a cocas y a baldes y a poncheras, a cubos, cubetas y a palanganas. A tazones, platos hondos, tazas de tinto y de café. Llueve a vasos, y a manos juntas, a bocas abiertas mirando al aire. A copas, cuencos y cuñetes. Llueve hasta a floreros de boca ancha, a jarras de jugo dispuestas para la ocasión, a tinajas de leche, bañeras e incluso lavamanos si pudieran llevarse afuera. Llueve a frascos de mermelada y de conservas, a canecas de recoger agua y a canecas de basura, a moldes refractarios vacíos, a botellas que antes tenían té o gaseosa o detergente o alguna cosa que ya dejaron de tener.

También a vasijas llueve.






Supongo yo que aquel sea el problema de llorar, que luego llueve.

sábado, octubre 06, 2018

Cotidianidades (XX)

Buena parte de mi trabajo consiste en entrevistar personas, preguntar sobre su vida, sobre lo que esperan del futuro. Mi trabajo consiste en escuchar historias y aprender de ellas. Escuchar y preguntar. Tan solo eso.

Hace unos días hablaba con un campesino, rondando los 50 años. Era un hombre de hablar rápido y palabras sencillas. Su voz, siempre baja, me hizo pensar en cuántos silencios habría escuchado.

» Yo no estudié, me dijo, porque mi papá no me dio de eso. Hice hasta segundo de primaria y me puse a trabajar en esto, con las matas y con la tierra.

+ ¿Le gusta?

» Si, ya si. Antes no tanto. A mi el campo me tocó, porque el campo es lo único que me podía tocar. Pero me enseñó mucho y me dio todo. El campo es así.

+ ¿Y los hijos? Le pregunto,

» Ellos si estudian. El uno tiene once, el otro tiene siete. Van al colegio por aquí.

+ ¿Y a ellos les gusta el campo?, pregunto.

El hombre se detiene de pronto. En su rostro un gesto de dolor. Es pequeño, casi imperceptible.

» Al que estudia no le gusta el campo, dice.

Es una certeza triste la que le llena la voz

+ No estaría tan seguro, le digo yo. Conozco quienes se van y estudian y luego vuelven. La tierra los llama y ellos regresan.

Lo veo alzar la mirada, con una intensidad que hasta ese momento no existía. Su rostro cambia. Sus ojos se tiñen de brillo. Sus labios se tensan. No son lágrimas aún, pero seguramente lo serán dentro de poco.


» ¿Usted cree?, pregunta...

Entonces lo entiendo todo, al fin.

Mi trabajo consiste en escuchar a personas hablar sobre su vida, sobre lo que esperan del futuro. Mi trabajo consiste en escuchar historias y aprender de ellas.

Pero a veces, sin saberlo, descubro que mi trabajo consiste en dar a alguien una esperanza.

jueves, octubre 04, 2018

El día que se inventó el color (5)


El día que se inventó el color (5)
Cinco: un problema material.


Salvo que seamos físicos o artistas de la luz, los demás pintamos con pigmentos. Lápices de colores, tiza pastel, óleo, acuarela, acrílico, óleo pastel, crayolas, vinilos, témperas, plastilinas o incluso hilo. Los materiales con los cuales pintamos han conseguido todos su color por medio de pigmentos y colorantes, así que en cierta forma la historia del color es también la historia de los colorantes. Y como buena historia está llena de emociones y aventuras. Más adelante hablaremos de algunas de ellas, pero por ahora es interesante conocer al menos sus bases.

Los primeros colores con los que pintamos fueron colores tierra. El café y el rojo son los colores básicos de todo pintor prehistórico. Es bastante lógico: los pigmentos se obtenían precisamente de la tierra. Los pintores de antiguas cuevas nos regalaron bisontes, antílopes, caballos y cazadores en hermosos colores café, rojo y negro. El negro, por supuesto, es culpa del carbón.

La mayoría de colores surge entonces de la tierra. El reino mineral ha sido el gran proveedor de pigmentos de la historia. Pero, la verdad sea dicha, ha sido un proveedor caprichoso. Muchos de los minerales de los cuales se obtienen los pigmentos han sido de origen exótico o por lo menos lejano. Peor aún, muchos de ellos han surgido de minerales peligrosos que terminan causando problemas de salud entre quienes los recogen y usan (quién lo hubiera creído: ser artista implicó durante siglos riesgos laborales de envenenamiento)

Pero ¿Cómo se pasó de tener un mineral a un pigmento? ¿Qué hizo que alguien pasara de usar un mineral como el cadmio o el arsénico como un producto para colorear?

Quisiera pensar que existía una demanda del mercado, que los artistas primitivos y antiguos demandaban la existencia de nuevos colores con tanta fuerza que aquello llevó a la investigación y desarrollo de pigmentos, pero, la verdad, no es el caso. Pintar nunca fue un asunto de muchos. Lo que sí causó esa demanda fue algo que parece no tener ninguna relación: la medicina.

La relación entre los pigmentos y la medicina suena curiosa, pero es también sumamente hermosa. El padre de la medicina, Hipócrates, planteó un principio denominado el Principio de Similitud. La idea detrás de él es simple: lo similar cura lo similar. Las aplicaciones de este principio tienen más de magia que de ciencia, pero aun así llevó a la medicina por un buen camino, y, de paso, permitieron obtener los minerales para obtener los pigmentos que permitieron tener una nueva gama de colores. Es un resultado marginal, pero uno sumamente hermoso. Al tomar un mineral y pulverizarlo para obtener algún compuesto médico, también se obtuvo el polvo de color que luego usarían los artistas.

De hecho y como dato curioso, los pigmentos artísticos hasta bien entrado el siglo XVIII se conseguían, precisamente, en las boticas, donde se vendían tanto para pintar como para tratar enfermedades. (Señor boticario, me siento débil y sin ánimo... No sé preocupé mi señora, llévese este óxido de hierro, que si no la alivia por lo menos le permite pintar lienzos de un rojo bien bonito)

Pero volvamos al tema: el polvo obtenido de aquellos minerales se mezclaba con diversos líquidos para obtener las pastas o colores para pintar. El problema es que las composiciones y químicas exactas de dichas mezclas nunca fueron plenamente estandarizadas y, por ende, de mezcla a mezcla existían cambios. Peor aún, muchas de estas mezclas resultaban en tintes y colores fugaces, los cuales con el paso del tiempo perdían su intensidad, desaparecían o incluso se volvían completamente negros. No fue sino hasta el siglo XVIII que se consiguió una amplia paleta de colores estables, que pudieron pasar de mano en mano y cuadro en cuadro. Antes de eso, los talleres de arte tenían aprendices pulverizado piedras para obtener los colores deseados. Literalmente, antes de ser maestro en el arte había que moler muchas piedras.

Nota: a continuación una lista de algunos de los minerales que dieron origen a distintos pigmentos y colorantes. Sin duda más fácil y seguro comprar en la tienda el color deseado que buscar los minerales originales y hacer el color en casa.

  • Arsénico: permite obtener el llamado “Verde de París”
  • Carbono: permite obtener negros; Negro de carbón, negro marfil, negro viña, negro de humo
  • Cadmio: permite obtener tonos amarillos, rojos y naranja. 
  • Hierro (más precisamente los óxidos de hierro): Permiten obtener colores rojos. Hay uno que tiene un nombre que siempre me ha causado risa: Caput mortuum (que traduciría algo como “cabeza muerta”, en español). 
  • Cromo: permite algunos tonos de verde y de amarillo. 
  • Cobalto: permite algunos de los azules más bonitos, aunque también violetas e incluso amarillo. 
  • Plomo: permite obtener blanco de plomo. También un color muy famoso entre los impresionistas llamado amarillo de Nápoles. 
  • Cobre: permite obtener diversos tonos verdes. 
  • Titanio: permite obtener blanco, amarillo y negro. El titanio es muy utilizado en las pinturas industriales, por cierto. 
  • Mercurio: Permite obtener el bermellón que es una suerte de rojo-anaranjado oscuro. 
  • Zinc: Permite obtener el llamado blanco de zinc. 
  • Arcilla: Permite obtener tonos de café. En el arte tienen unos nombres que son complicadísimos pero muy poéticos como “Siena natural”, “Siena tostada”, “sombra”, “sombra tostada”, entre otros.


jueves, septiembre 27, 2018

El día que se inventó el color (4)


El día que se inventó el color (4)
Cuatro: cuando los colores son un asunto del idioma.


Cuando dijimos que los colores, en últimas, viven dentro de nosotros, dejamos una implicación en el aire: el color y la percepción del mismo es un asunto cultural.

Culturas diferentes, en momentos diferentes, interpretan los colores de manera distinta. Es increíble pero cierto. Los griegos de la antigüedad, por ejemplo, tienen una extraña relación con el azul: básicamente no existe. Cuando se revisan los textos como la Ilíada o la Odisea se encuentra algo sorprendente: el mar es rojo, a veces negro, pero nunca azul. No se trata de que Homero fuera daltónico (aunque sería bueno tener un compañero tan famoso en eso del daltonismo). Los textos de la época no mencionan nunca el azul. No, tampoco es que el mar en aquella época fuera de otro color. Es que para una cultura entera el azul no existía.

Seguramente alguno pensará que los griegos estaban locos, pero no eran los únicos que no veían el azul. Los himnos védicos, textos religiosos anteriores al budismo, no tienen referencias al azul. Hablan de cielos hermosos, de la luz sobre el horizonte, de las nubes, pero nunca del azul del cielo. En textos como el Corán o la Biblia (en sus versiones más antiguas) parece no haber referencias al azul. En muchos textos de la antigua China pasa igual. En resumen, pareciera que el azul no existe sino hasta que los egipcios le dieron un nombre y comenzaron a utilizarlo (aproximadamente 2500 años a. de C.)

La existencia (o no) del azul permite ilustrar un punto sumamente interesante: lo que no se nombra, parece no existir. Y eso es algo especialmente claro con los colores.

Muchas culturas clasifican los colores en categorías muy amplias: oscuros y claros, (blanco y negro, luz y oscuridad) por ejemplo. Luego agregan colores rojos a la clasificación, luego verde y luego azul. El amarillo, por ejemplo, suele ser muy cercano al blanco. Otras culturas son mucho más exactas. Hay por ejemplo, una leyenda urbana que señala que los esquimales tienen hasta 50 nombres para denominar el blanco. En Rusia, por ejemplo, el color azul tiene nombres diferentes y categorías diferentes si se trata de azul claro o azul oscuro. Mientras, en Namibia, la tribu Himba no tiene nombre para el azul. De hecho no logra reconocerlo en diferentes estudios similares a los que se hacen para saber si alguien es daltónico o no. En cambio, tienen tantos nombres para el verde que son capaces de reconocer gamas que otras culturas no. Algo similar ocurre con los chinos, que tienen múltiples palabras para el rojo, mientras que emplean muchas menos para el azul.

¿Qué podemos concluir entonces?

Bueno, por lo menos un par de cosas. Para comenzar, que el color que vive dentro de nosotros, vive también en nuestra propia cultura (como siempre, la cultura lo permea todo).
Y, para terminar, que el color es siempre una cosa hermosa, independiente de cómo lo nombremos.

jueves, septiembre 20, 2018

El día que se inventó el color (3)


El día que se inventó el color (3)
Tres: llevamos los colores por dentro.

En cierta forma el color parece no existir afuera de nosotros mismos. Es decir, ¡por supuesto que existe!, pero la forma en la cual interpretamos el color es completamente personal. El color que vemos solo existe dentro de nosotros mismos. Es una cuestión difícil, casi metafísica: ¿El azul que ves es el mismo azul que ven los otros? ¿Si pudiera mostrarte el azul que en realidad veo, también lo llamarías azul?

El cerebro procesa la luz de manera particular. Es un órgano maravilloso, que en realidad usa el contexto de lo que ve para crear una imagen completa. Digamos que el cerebro es un buen cuentista: toma indicios y fragmentos de información y con ellos crea la historia completa en un instante. Y, como les pasa a todos los cuentistas, miente deliciosamente bien. Incluso se miente a sí mismo.

¿Recuerda el fenómeno el Internet del vestido azul y negro (digo, blanco y dorado)? Como ese hay decenas de casos que muestran la forma en la que el cerebro procesa el color. Según la cantidad de luz, la forma del objeto e incluso el color de los demás objetos que observa, el cerebro asume los colores de toda la escena. En otras palabras, el cerebro colorea, con su propia y particular caja de colores, cada escena que ve. Hay muchas historias y anécdotas que ilustran ese punto, pero para mí la más sorprendente tiene que ver con una botella de gaseosa en el fondo del mar. Los buzos saben que, en realidad, los colores que se ven a partir de cierta profundidad son bastante pocos y bastante más opacos que los que se ven en la superficie del mar. Esto es debido a que a mayor profundidad menor cantidad de luz (entre otras, esa es una de la razones por la que los peces abisales suelen ser traducidos). Pues bien, cuando un buzo encuentra una botella de Coca Cola en el fondo observa un fenómeno bastante extraño: inicialmente la botella no tiene color, pero pasados unos segundos el cerebro completa la imagen con los colores faltantes: de repente el logo se tiñe de rojo. Físicamente aquello es imposible. El color rojo no es visible por debajo de los 5 metros de profundidad, pero allí está, gritando descaradamente desde el logo de la marca.

El color vive dentro nuestro, aun cuando afuera haya dejado de existir. Pura belleza: el color es un recuerdo vivo.

lunes, septiembre 17, 2018

Algunos días

Algunos días me despierto con el pie contrario. 
      (y también la mano, y la cabeza, y el brazo y el pensamiento)

Es cómo si los planes se me hubieran quedado 
  del otro lado del espejo. 
Esos días, me toca buscar adentro
    a ese al que le gusta pasarse el día soñando despierto 
      (que es, por cierto, la única forma real de soñar)

Me invento una alegría que no existe
     un mundo que no es más que un recuerdo de cosas que no pasaron
     un futuro que suena distinto del presente sin porvenir

Con frecuencia me pongo a compartir aquello que me he imaginado.
No es fácil, lo confieso. 
La realidad es casi siempre más fácil de creer que la fantasía. 
Y si eres banquero, electricista o cuidador de tigres de zoológico
tienes una tendencia innata a mantener los pies en la tierra
   y la cabeza
       y los sueños.

Pero soy terco e insisto siempre
    y a algunos pocos convenzo a veces.
Esos son los que después me regañan y me hacen reclamos.
     porque hay días en los que uno despierta con todo puesto al contrario.
     y me cuesta de más pensarme distinto. 

Y así nos vamos pasando todos,
  los días
  los convencidos
  y yo
diciéndonos unos a otros que seguro,  
          no cabe duda alguna,
mañana nos inventaremos algo mejor.

jueves, septiembre 13, 2018

El día que se inventó el color (2)

El día que se inventó el color (2)
Dos: colores que suman y colores que restan.


Decíamos que la luz es la suma de los distintos colores. Para mí nunca fue fácil comprender esa idea. 


¿Acaso la luz no es de color blanca? ¿No implicaría eso que la suma de todos los colores daría como resultado el blanco?

Cualquier niño sabe que cuando mezcla los colores de su caja de colores (o sus témperas o sus vinilos) lo que obtiene no es blanco sino negro. Mientras más colores, más oscuro.

Para los niños y en general para las personas que tienen una caja de color en sus manos, aquello de que “el blanco es la suma de diferentes colores” es una mentira.

Lo que ocurre en realidad es que no es lo mismo el color puro de la onda de luz, que el color de los pigmentos que usamos para pintar.

Cuando usamos la luz, pintamos sumando colores. En cambio, cuando usamos pigmentos, pintamos restando colores. ¡Qué contradictorio! ¡Qué contra intuitivo! Tardé muchos años en encontrar quien me explicara lo que ocurría. Fue una profunda alegría encontrar una respuesta.

La luz blanca está compuesta por todos los colores, por eso al sumar todas las luces obtenemos blanco. Pero los pigmentos son objetos que absorben colores y reflejan sólo alguno en particular. Entonces, cuando sumamos pigmentos estos absorben más y más colores cada vez, por ende mientras más sumemos más nos acercamos al negro.

Así que, la suma de luces de colores primarios suma para acercarnos al blanco, y en cambio la suma de pigmentos de colores primarios resta para acercarnos al negro.

Nota mental: hay personas que son como los colores: mientras más llenas de luz, más suman; mientras más objeto material, más restan. En otras palabras: aléjate de los materialistas.


jueves, septiembre 06, 2018

El día que se inventó el color (0 y 1)



El día que se inventó el color.


Capítulo cero: un prólogo daltónico.

Quiero que hablemos un poco sobre el color. Es gracioso que yo diga eso, a fin de cuentas soy daltónico, pero quizás por eso mismo me parece un tema tan bonito para hablar. Me gustan los misterios de aquello incomprensible, y también me gusta ver las cosas de manera diferente a los demás. (Bueno, no siempre, solo a veces: cuando era niño más de un llanto me causaron mis toros verdes y mis cielos morados, pero esa historia la cuento luego)

Quizás, por esa misma extrañeza, me resulta interesante el tema: me hago preguntas que para la mayoría son tan obvias y evidentes que hacen que, normalmente, no tengan sobre el tema ningún cuestionamiento.

Seamos honestos: pocas cosas tan valiosas y al mismo tiempo tan ignoradas como el color. Lo rodea todo, lo toca todo, lo afecta todo y sin embargo, ¡sabemos tan poco sobre el! Lo damos todo por hecho, por sabido… El color termina siendo como ese vecino al que saludamos todos los días, pero en realidad no sabemos nada sobre él, tan familiar pero tan desconocido.

Cuando nos adentramos en su comprensión descubrimos que es al mismo tiempo un universo de contradicciones, de paradojas, de bellezas inesperadas e insospechadas.

Pero entremos en materia.


Capítulo Uno: de luces y colores.


Lo primero y más básico que deberíamos conocer es que en cierta forma el color es luz, y la luz es color. Que cosa tan complicada. No es que sean sinónimos, no es que sean exactamente lo mismo, es que, en realidad, son dos asuntos íntimamente relacionados. La luz es un tipo de energía. Es parte de la radiación electromagnética, más exactamente, la parte visible de dicha radiación.

Lo hermoso del caso es que la luz está compuesta de ondas que se mueven a diferentes longitudes. Juntas generan el haz de luz blanco que solemos ver a la luz del día.

Cuando no hay luz hay oscuridad, que es, en últimas, ausencia de color. Cuando hay luz se hace la fiesta.

Isaac Newton demostró esto de manera maravillosa. Al poner un prisma frente a un rayo de luz se abría el espectro completo de colores. En otras palabras, descubrió como tener un arcoíris de bolsillo.

Luego hizo lo contrario: reunió todos los colores de nuevo a través del prisma y al otro lado obtuvo un haz de luz blanca. Como dato curioso, al pobre Newton casi lo condena la Inquisición, porque eso de crear luz blanca era más o menos una herejía que iba en contra de la lógica que decía que el blanco era la pureza de Dios, y por ende el hombre no podría crearlo. Nota mental: el color es hermoso pero peligroso.

Una de las cosas más bonitas de ese descubrimiento de Newton es la implicación de que no sólo los prismas descomponen la luz: en realidad todos los cuerpos hacen algo similar.

Cuando vemos el color de una cosa en realidad lo que vemos es el reflejo de algunas de las ondas que componen la luz. Como ya vimos, un rayo de luz blanco contiene dentro de si todos los colores al mismo tiempo. Al golpear con un objeto los diferentes colores se separan. Algunos son absorbidos por el objeto, otros son reflejados. Cuando vemos un objeto de algún color en realidad sería más acertado decir que “no es” de ese color, pues ha absorbido todos los demás y reflejado aquel que vemos. Bien visto, el color que vemos es pura apariencia, y también pura poesía.

¡Ah! ¡La belleza del color! Cuando comes una fruta amarilla, en realidad, estas comiendo todos los colores, excepto el amarillo. ¿Puede haber más paradoja que esa? ¿Acaso no es una perfecta sinestesia aquella de comer el color, pero además desde su ausencia en vez de su presencia?



viernes, agosto 24, 2018

Cotidianidades (XIX)

Tomo un bus. Es de noche y me acomodo junto a la ventana. A mi lado una mujer. Tiene 40, o tal vez 45 años. Su pelo pinta blancos donde antes sólo habitaba el negro.

Llora.

Veo el perfil de su rostro, iluminado por la luz de la pantalla de su celular. 
De sus ojos, ríos. 
La piel, de blanca luna. 
Las lágrimas de evidente sal. 
Sollozos sin voz que son un grito.

Reviso mi morral y encuentro una servilleta del sánduche que aún no me como.

» “Está arrugada, pero limpia“, digo, mientras extiendo mi mano.

Ella la toma sin decir palabra. Trata de limpiar sus mejillas con aquellas servilletas, también sus ojos, pero aquello resulta tan vano como tratar de contener una cascada con un vaso. La miro y pienso en su tristeza. 
¿Será acaso la misma tristeza que llevo yo adentro? ¿La tristeza de las cosas que no fueron? ¿La tristeza de las cosas que dejaron de ser? Pienso en mi familia, en la lejanía cruel de estar y no saber, del silencio infinito de aquella soledad. Por dentro, de golpe, me agarran unas inmensas ganas de llorar.

Toda tristeza es un mundo, pienso.

A mi lado su llanto sigue, ya sin pantalla frente a esos ojos que son un mar que nada ve.

Quiero decirle que lloremos juntos. Ofrecer el hombro, o tal vez el pecho. Me pregunto si estará mal ofrecerle un poco del sánduche que llevo sin abrir, porque sé que las tristezas con la panza llena duran siempre menos. Pienso si, tal vez, será mucho pedir, que aquella noche duerma conmigo, que tal vez un abrazo ayude, que tal vez sonreiremos los dos después de llorar, que la mañana, juntos, tal vez nos regale incluso alguna risa...

Y mientras todo eso pienso, aquel bus sigue, 20, 30, 40 cuadras. No hago nada, torpe que soy. Al fin abro mi mano y la pongo sobre mi pierna. Es una invitación... tal vez.. sólo tal vez... Tal vez podamos comenzar por tomarnos de la mano para, por una noche no estar tan solos, tan tristes, tan desamparados.

Ella se pone en pie, con ese rostro, húmeda luna, y por un segundo acaricia mi mano.

» Gracias, me dice.

» Gracias, le digo yo.

Es de noche. Cada cual se aleja, con su tristeza a cuestas. Toda tristeza es un mundo, insisto.

miércoles, agosto 15, 2018

Hoja de vida

Me han pedido mi hoja de vida resumida. Aquí va:

"Me llamo Daniel Naranjo.
Nací un miércoles, cuando la noche acariciaba el final de la tarde.
Luego crecí, viviendo más unos días que otros.
Un día tuve un hijo.
Un día moriré. No hoy, aclaro, otro día.
Mientras tanto sigo vivo."

lunes, agosto 13, 2018

Escala musical

El RE, de resonar cansado, repite amores viejos. Renguea un poco de su pie, pero igualmente recorre cada día los recuerdos del pasado.

El MI lo quiere todo, egoísta como es, y el FA que está a sólo medio tono, se niega a estar con él. (Pero a veces, de bemol la una o de sostenido el otro, se vuelven uno solo)

Entre el SOL y el LA hay también una vieja historia. Se amaban, pero LA quería estar sola y sentía que con SOL sobraba una letra entre los dos

SI, por mucho, es la más feliz. Yo supongo sea porque está siempre dispuesta a todo aquello que le preguntan.

Lo contrario pasa con el DO, que a todo se niega, hasta a aliviarse de la gripa.

Y luego viene el RE, pero de ese no cuento nada nuevo, y no me quiero repetir.

jueves, agosto 02, 2018

Paraguas

» Buena noche mamá, ¿me presta el costurero?
+ Buena noche mija, está ahí en el cajonero, ¿se mojó mucho?
» No tanto amá
+ ¿Qué está haciendo mija?
» Aquí, arreglando un regalo que me dio el conductor del bus.
+ ¿Cómo así?
» Es que cuando llegamos al paradero se largó ese diluvio y el conductor del bus me regaló este paraguas. No está bueno, del todo, me dijo, pero por lo menos la tapa algo.
+ Mija, pero que lo va a arreglar. Los paraguas son muy baratos. Si quiere yo le regalo uno.
» No mamá, no es por eso, es que me gustó que el conductor me lo regalara.
+ ¿Y que está haciendo entonces?
» Cosiéndole la tela a las varillas.
+ No justifica mija
» Si justifica mamá. Es que hay paraguas que le mantienen seco el cuerpo a uno, pero yo creo que este es de los que mantienen seco el alma.
+ ...
» ...
+ ¿Me deja yo le ayudo mija?

miércoles, agosto 01, 2018

Cotidianidades (XVIII)

En una esquina tres vendedores conversan. Me acerco y pregunto a uno: ¿qué vale la guayaba? A 3000, me dice . Detrás de mi llegan tres personas más...¿Qué vale la guayaba? Pregunta cada uno de ellos, sin escuchar.
El vendedor se sonríe y me dice: "me lo voy a llevar a trabajar a un depósito cerquita de mi casa, o si usted puede más bien quédese un ratico más". Su compadre, al lado, me dice que "le compre algo para poder bajar bandera." El otro vendedor cierra la frase diciendo que "ni el nombre de Dios ha hecho".
Y yo me alejo, sonriendo, mientras pienso en la belleza de las palabras cuando sabes lo que dicen.

martes, julio 31, 2018

Cotidianidades (XVII)

Monto en bus, de nuevo. En la banca a mi lado escucho a un joven hablar con su madre:

"Le tengo una sorpresa mamá; es que me voy a graduar de técnico profesional. No entiendo mijo. Es que no me voy a graduar de técnico sino de técnico profesional; profesional mamá, profesional. ¡Qué es esa emoción mijo!. Si mamá, ya voy a poder trabajar en lo mío, no como si sólo fuera un curso mamá..."

Y la mamá, desde aquí la veo, no puede ocultar el brillo en sus ojos. Una parte de lágrimas, dos partes de orgullo.

sábado, julio 28, 2018

Caballo



No imagino un cielo
en el que no existan los caballos. 


Tras la muerte espero
de nubes un horizonte
en el que dioses nuevos y viejos
galopan a un mismo tiempo.

Si acaso resulta
que lo que sigue
después de aquello
es una nueva encarnación
seguramente pediré a quien toque
que me de la dignidad equina.

O si acaso tras cerrar los ojos
no queda otra cosa,
que la nada que siempre fuimos,
que mis átomos se vuelvan
de la tierra un alimento.

Que tal vez, resto de estrellas.

galope un día el firmamento.

***

Caballo, (estudio a partir de un cuadro original de Peggy Judy)
Acrílico sobre madera

viernes, julio 27, 2018

Cotidianidades (XVI)

Entro a la peluquería como hago cada par de meses. Me miro al espejo y encuentro la barba cada vez más larga y el cabello cada vez más blanco. Hay un peluquero nuevo. Mucho gustó: Daniel. Mucho gusto, tocayo.

Tiene 16 años, recién cumplidos, y comparte mi nombre. Me pregunta que corte quiero y luego me cuenta una historia. Que tiene 16, ya lo dije, y que corta el pelo desde hace cuatro meses de manera profesional. Es que antes lo hacía sólo con los vecinos, y no podía trabajar porque no se había graduado.

Le pregunto si le gusta el trabajo y me dice que si, que siempre, que mucho. Que cuando era niño su mamá cortaba el pelo y a el eso le gustaba y que cuando fueron al colegio a ofrecer un curso el le pidió a la mamá (rogó, dice, rogó) que lo apuntara. Usté pa qué mijo, pa trabajar amá que eso es lo que me gusta, usté verá mijo, gracias amá. La mamá no supo que el ya se había matriculado y que la pregunta era por si acaso. ¿Por si acaso que?, me pregunto... Por si acaso todo, me respondo.

Eso le gusta, insiste, aunque no sea muy bien pagado. En Europa un corte vale 60 euros, no como aquí que pagan es 10.000 devaluados pesos. Y en Estados Unidos pagan como 100, dólares, claro, que los euros son sólo en Europa. Eso es mucho, le digo, eso es mucho, me repite.

¿Se quiere ir?, le pregunto. No, no por ahora, que le gusta cuidar a la mamá porque ella ya no corta el pelo. Algún día si, seguro viaja, que puede trabajar en cualquier parte porque todo el mundo se corta el pelo. Pero a India no. En India les gusta el pelo largo, y allá los peluqueros se mueren de hambre. ¿Si será? Le digo. Eso dicen, asegura.

En la puerta alguien más se acerca: ¿Tiene turno? Acabó y lo atiendo, dice.

Me dice que gana la mitad de lo que hace, mitad para la barbería, mitad para el. Así es mejor porque no le toca a él poner los materiales. Deja la máquina de afeitar en la pared mientras comenta que su mamá tenía una igual pero de las viejas, que le duró más de 20 años y yo me río hacia adentro, pensando en que el sólo tiene 16.

Esta listo señor, muchas gracias Daniel.
¿Cuanto es? 14. Son 4 extra por la barba.

Le pago mientras le doy las gracias. En su bolsillo se guarda la mitad.

Mucho gusto: Daniel. Mucho gusto....

jueves, julio 26, 2018

Una habitación con ventana

Se llama Carolina y vive en la casa 206. Desde hace varios años se acompaña por un televisor que habla sin parar desde una habitación en el primer piso, con ventana hacia la calle. Tiene el vicio de dejarlo prendido cuando está en casa, sin importar el canal. Así se siente acompañada.

Una noche, a las 7:38 exactas, la luz que sale a través de la ventana muestra los deportes. En la calle, sin que ella lo sepa, Víctor camina. Tiene unos 40 ya vividos y desde hace varios meses pasa sin falta frente aquella casa a esa misma hora. Nadie lo espera nunca, así que cuenta sus pasos como quien trata de no llegar.

Esa noche la fortuna quiere que Víctor se detenga. Un grito de gol hace que mire a través de una cortina suave que da a la luz del televisor una sutil imagen, levemente borrosa.

Dentro, Carolina descubre aquel reflejo en la pantalla de la televisión. No siente miedo. Ese reflejo, sea de fantasma o de ladrón, implica por lo menos una compañía distinta a la que aquella voz del televisor produce. Espera, sin atreverse a voltear su rostro. Piensa, acaso, que aquella imagen desaparecerá si vuelve su cara hacia la ventana.

A las 7:53 aquel reflejo desaparece. Carolina se queda pensando. No puede evitar una ligera sensación en el estómago.
Al día siguiente aquella misma historia se repite. Víctor no se da cuenta que ese día, la cortina está ligeramente abierta en la mitad de la ventana.

Así pasan los días, o más bien las noches. Cada vez aquella cortina un poco más abierta. Hasta que una noche, está abierta por completo. En la televisión la misma escena de cada noche, pero Carolina, valiente, no está en el sofá. Caminando por la calle se acerca a Víctor y, sin duda alguna, lo invita a entrar.

Él se niega. No puede, dice. Le da pena, insiste. Ella repite, por favor. El dice no, disculpe usted. Ella piensa si volverá. El piensa si volverá. Sigue su camino. Ella entra de nuevo a su casa. El entra a la propia. Los dos, sin entender bien por qué, lloran el mismo llanto a unas cuadras de distancia.

La noche siguiente, a las 7:30, Carolina ha quitado la cortina y dejado la ventana abierta. Ha puesto sobre aquel andén dos sillas, una mesita, dos pocillos y una pequeña jarra de café. La escena parece sacada de alguna postal de un café francés.

A las 7:38 Víctor camina por la calle. Se sonríe y se sienta en aquella silla.

Desde aquella noche aquel televisor nunca ha vuelto a estar encendido en la noche. Pero, si alguien mirara a través de la ventana, vería dos siluetas que se miran. Adentro, sus bocas se sonríen en una sola fiesta.

domingo, julio 22, 2018

Sobre el mar la noche



Sobre el mar la noche

Plastilina.
(70*50 cm)



Desde hace unas semanas he pasado varias horas, día tras día,  sobre este mar y esta noche.
Ha sido un trabajo duro, lo confieso, pues es hasta el momento el cuadro más grande que he realizado.

Lo más bello, como siempre, ha sido el proceso. Disfrutar y sorprenderme con el temperamento del propio material al usarse, su forma de negarse y entregarse, su forma de ofrecerse y ocultarse.

Siempre me gusta el arte en el que el material tiene cierta vida propia.


lunes, julio 16, 2018

Regalo

Te regalo tu primera palabra, cortica, de dos sílabas.
Te regalo tu primer abrazo, seguro y temeroso.
Te regalo también aquella primera sonrisa que no sabía que tenía
y el pedazo de corazón que no sabía que esperaba aún por estrenar.

Te regalo tu primer cuaderno. Y un lápiz y un crayón.
Mi primer regaño, que me duele más a mí que a vos.

Te regalos mis errores. Serán muchos, tantos que no acabarás de listarlos en toda la vida.
Espero algún día me regales tu perdón por ellos.

Te regalo también mi historia y la de tus abuelos:
Hay anhelos y dolores,
cuentos a los que les he quitado el polvo y sacado un poco de brillo
En unos años sabrás que es lo único que tuve y tengo.
Y son tuyos, te los regalo. Algún día también tu les sacarás brillo y quitarás el polvo.
Agregaremos juntos historias nuestras que, después, serás tu quien cuente.
Ese día sabrás que eso es lo único que somos.

Con el tiempo entenderás, mi dulce niño,
que te regalo todo lo que tengo.

sábado, junio 16, 2018

Un regalo para 200

La semana pasada la página de Facebook que suele ser un espejo de este blog llegó a 200 personas. Aquello me alegró. Siempre me parece bonito que haya alguien que se interese por lo que hago.

Para celebrar aquello, diagramé un toro que presenté hace unas semanas (pueden verlo aquí).

Esos diagramas, los pasos para hacer ese modelo, son un regalo para esas 200 personas.

Espero lo disfruten y, si lo pliegan, compartan las fotos del mismo. 

Solo deben hacer clic debajo de la foto para descargar


Descargue aquí



jueves, junio 07, 2018

Cotidianidades (XV)

Me siento en un bus y saco un libro. Leo, una página tras otra. Sonrío. El hombre sentado a mi lado mira de reojo. Sonrío de nuevo. Frente a mis ojos en aquel libro dos seres se aman, y luego cuatro, y luego diez. La felicidad llega a aquella pequeña casa de un viejo pescador que sólo sabeamar.

Llego al punto final del capítulo y cierro el libro. Suspiro. La sonrisa no se borra de mis labios.
El hombre a mi lado me pregunta: ¿de que trata el libro? No sé, le respondo. Que buena respuesta, dice. Le digo que son cuentos, de un hombre que adopta un hijo, de una mujer cuya única posesión es un nombre hermoso, de todo, pero también de nada.

El también se sonríe. Yo vi que usted se sonreía leyendo, se nota que lo disfrutaba. Si, le digo, no hay nada mejor que un libro que te regala una sonrisa.

El conductor del bus dice: próxima parada, San Antonio, y yo me río porque hace con su voz como si fuera la grabación del metro. En un semáforo, un hombre juega malabares. En otro tres personas hacen acrobacia y al otro lado de la calle alguien toca el saxofón y otro golpea un redoblante.

Hay días en los que la ciudad es una fiesta. Y también el alma.

miércoles, mayo 30, 2018

Política del miedo

Lo siento, pero no.
Estoy cansado del ritmo que marcan tus palabras de guerra
que confunden paz con venganza, indignación con odio,
patria con egoísmo.

No celebrarás conmigo
un homenaje a la mentira,
al engaño
y a la muerte.

Conozco de sobra el golpeteo del veneno
que se destila de tus actos
maquillado como primaveras
en las que sólo florecen
los huesos de la muerte

Lo siento, pero no.
No entiendo más de aquella locura de extremos
en las que el otro es el enemigo,
en la que pensar distinto es ser odiado,
en la que pensar se ha convertido en un pecado.

Porque en mi vida,
mucha o poca,
pobre o rica,
no mandará el miedo.
Que mi vida está hecha
de esperas y esperanzas.

viernes, mayo 25, 2018

miércoles, mayo 16, 2018

Una mujer llorando

Hoy he visto una mujer llorando. Dicen mis amigos que todas las mujeres lloran, que es algo natural en ellas y que hay que acostumbrarse. Yo no lo sé de cierto. Lo que sí sé, es que yo lloro con ellas. No debería parecerme extraño verla así, enjuagando con el borde de sus manos la comisura de sus ojos, tratando de limpiar aquella lágrima que ya rodaba por el borde de su cara, pero algo en ella había, en esa mirada que no es triste y sin embargo llora, en esa mirada dulce que convocaba el agua.

Aquella mujer lloraba mientras sus manos, pasaban una a una las páginas de un libro.

Temí preguntarle por su tristeza, que soy de naturaleza tímida y dado a las fantasías.

» Disculpe señorita, ¿Por qué llora?
» Por un hombre
» ¿La ha tratado mal acaso?
» No a mi, sino a mi amiga, la de la página 44. Pero es como si el dolor me lo causara a mi.
» La entiendo. Siempre hay quienes maltratan a otros que son como uno aunque no son uno.
» ¿Usted cree?
» No sólo creer, señorita, que yo lo sé de cierto.

Pero nada de aquello dije, y nada de aquello dijo ella. Soy tímido, ya lo dije.

En cambio me quedé allí, sentado, viendo como sus manos se deslizaban suavemente acariciando las páginas de un libro.

Ella no me vio. Nunca alzó la mirada. Me consuelo pensando que tal vez algún día lea estas breves frases y descubra que yo lloro viendo a una mujer que llora viendo las páginas de un libro.

lunes, mayo 14, 2018

Toro





Como un toro
te miro
desde el otro lado de la cerca.

Caminas con tu vestido rojo
ignorante de mi presencia.
Espero.

En silencio te quitas el vestido
y agitas tu falda
como si fuera una invitación al ruedo.

De mi voz un ruego
de mi cuerpo un resoplido
  bramido profundo e incompleto.

En segundos rompo
las vallas que separan
carne de deseos.
Con los cascos te recorro
blanca tierra
y con la cabeza baja
de impulsos arremeto.
Ciego del rojo
de tu sangre que bebo
levanto el rostro al cielo
que es de todo testigo.

Allí, en tu mar termino
por vos 

vencido.

sábado, mayo 05, 2018

Solo

Cuando era niño la palabra <sólo> tenía tilde. No siempre, por supuesto, tan sólo algunas veces. Es una tontería, seguramente, pero a mí siempre me gustó eso. Pensaba que aquella rayita, aunque pequeña, hacía que la palabra estuviera acompañada. Suponía que la soledad de la palabra no era tan grande, si a fin de cuentas alguien la acompañaba, aunque fuera así, inclinada y pequeña, aunque se pasara el día encima de la primera "o" e ignorara a la segunda, aunque fuera así, como flotando. Quizás es que estaba enamorada y por eso no ponía los pies sobre la tierra. Quizás por eso aquella palabra podía vivir como ermitaño pues sabía que con aquella línea sobre ella no estaba sola de verdad, que había una excepción, sólo una, pero una excepción bastaba para llenarla de felicidad.

Por eso, hace unos años, cuando en honor a las reglas ortográficas resultó que mandaban quitarle aquella tilde, me puse triste. Pensé si tal vez la palabra querría seguir viviendo o pasaría a caer en una suerte de confusión y ahora aquella soledad sería como todas las demás.

Quizás por eso, como una suerte de rebeldía, aún pongo aquella tilde. No será por mi culpa que en el papel la palabra se quede sola para siempre.

miércoles, mayo 02, 2018

Cachalote

Para Román, por recordarme a quién debo los pliegues.





Hace 15 años diseñé un cachalote. Eran otros tiempos, ya lejanos, en mi búsqueda de origami. Soñaba con panteones olímpicos, con convenciones y libros por montones. Soñaba con modelos complejos, con figuras que me darían reconocimiento entre todos los plegadores del mundo.

En aquel momento no sabía casi nada de diseño, pero obviamente aquello no importaba. En realidad nunca ha importado. Diseñé un cachalote: simple, plano y geométrico. No tenía grandes esperanzas aquel modelo y sin embargo me llenó de orgullo, ese orgullo ciego de quien apenas comienza a plegar.

Diagramé sus pasos y estuvo durante años en la página de Nicolas Terry. Con el tiempo pasó al olvido, como suele pasar con muchos origamistas y con sus modelos, como suele pasar con muchos sueños sin sentido. Los diagramas se perdieron y olvidaron también ellos. Quizás, por tratarse de un cachalote esté bien visto decir se hundió en algún profundo abismo.

Hace unos días pensé en plegar una ballena. Tomé una hoja y busqué un par de veces. Nada fluyó en aquel momento. Pareciera que no está mi alma para profundidades por estos días. Intenté de nuevo, y la memoria quiso que recordara aquella ballena de hace 15 años. No recordé sus pasos, mi cabeza no da para tanto, pero buscando entre cosas viejas pude recuperar su secuencia de plegado.

He cambiado un par de cosas, actualizado unos detalles, y diseñado una mejor manera de cerrar aquel modelo. He cambiado también sus sueños y su destino.

He plegado este nuevo cachalote, para descubrir mientras escribo que en realidad es el mismo modelo. Más maduro hoy, como si hubieran pasado 15 años. Ha cambiado él, y también yo, todo sea dicho.

También en los pliegues se nos va notando la vida que pasa.

viernes, abril 27, 2018

Un agujero en el vestido

Hay quienes vamos por la vida
cargando las cicatrices, siempre visibles,
de una ruptura.

Tratamos de esconder aquellos rotos
como quien esconde un agujero en un vestido:
una sonrisa quizá,
algún asomo de inteligencia.

Pero lo cierto es
que por cada uno de aquellos agujeros
se nos mete el frío
y la tristeza.

¿Entiendes ahora, amor mío,
por qué digo que te amo, costurera?

miércoles, abril 18, 2018

Cotidianidades (XIV)

¿Y cómo vas con tus monstruos? me pregunta con ese tono de voz que es al tiempo curiosidad y certeza.

Mejor, le digo. Ya nos hemos ido acostumbrando los unos a los otros y bien que mal convivimos. Debe ser eso lo que llaman la serenidad de los años.

¿A qué te refieres? insiste, con esos ojos de tierra y de esperanza, de bosque oscuro y de sonrisa.

Mis monstruos también se van volviendo viejos, con sus canas y sus achaques, con dolores en la mañanas al despertar, con sus caprichos. Hay algunos que incluso lucen tiernos con los años, como si el tiempo fuera teñiendo de costumbre su existencia igual que lo hace con los recuerdos. Hay días en los que me sorprendo cuidando de ellos, preguntándoles cómo están.

¿Y no has pensado despedirlos de una vez? pregunta, conociendo la respuesta.

No. Nunca. Si ellos se fueran ¿quién me haría compañía?

lunes, abril 09, 2018

¿Qué libro hay en tu mesa de noche?

La pregunta “qué libro hay en tu mesa de noche" siempre me ha parecido más poética, provocadora e imprecisa que aquella que cuestiona por cuál es el último libro que se está leyendo.
Quizás la belleza de aquella pregunta radique precisamente en su imprecisión.
En una mesa de noche pueden habitar, por ejemplo, libros de aquellos que no son para leer sino para contemplar. Son aquellos los libros que funcionan como paisajes, escenografías deseadas para sueños que llegarán más tarde aquella noche, pero de los cuales con frecuencia no habrá recuerdo al despertar.
En otras mesas pasan en vela los libros preferidos, aquellos que se han leído una y cien veces y que cada vez dicen algo diferente, como una suerte de magia que hace que sea el libro quien lea a la persona y por eso, justo por eso, modificara sus ideas, sus frases y memorias.
Hay estudiantes, recuerdo algunos, que en su mesa tenían algún libro de texto. Soñaban vanamente y sin nunca confesarlo que de alguna forma lo que decía en esos libros pasara de noche a sus cabezas. Sobra decir que aquello nunca llega a funcionar, lo sé por experiencia propia.
Conozco algunas mesas más que son habitadas por libros que son una provocación para noches en las que no se conciliaran sueños, peleas o lecturas. Algunos ilustrados, como una suerte de kamasutra moderno, y otros en los cuales el erotismo se encuentra entre las curvas de algunas letras y las piernas abiertas de otras más.
O tal vez en aquella mesa haya un libro de cuentos para el bien dormir. Cuentos cortos, de aquellos que cuentan con las palabras justas y en la medida exacta.
Hay otros que guardan en su mesa aquello que su fe dicta como palabra santa. Lo guardan como una suerte de talismán contra males y desgracias, aunque muchas veces no lo lean y casi nunca lo practiquen.
Y hay mesas, esas son las peores, que hasta hace unas noches cojeaban y que ahora bajo alguna de sus patas, un libro ha vuelto a regalarles equilibrio. Esas mesas son para los libros una afrenta imborrable, pues de hecho guardarán sobre su lomo la cicatriz del peso de una mesa en la que nunca se leyó.
¿Qué libro hay, me pregunto, en tu mesa de noche?

viernes, abril 06, 2018

Cotidianidades (XIII)

Me paro frente a todos y comienzo. Es una clase más. Ya he perdido la cuenta de cuántas van en este curso. Hablamos de cosas que cambian el mundo, de cosas que no lo hacen, de un tema y luego de otro. Entonces trazo una línea y luego otra y menciono un color.

Me miran, extrañados, y dicen que es otro. Tienen razón, por supuesto. Confundo los colores como quien confunde gatos pardos en una noche oscura. Soy daltónico les digo.
Siempre ocurre lo mismo luego, las mismas preguntas que he escuchado desde niño una y otra vez:  ¿Es verdad que el verde lo ven rojo y el rojo lo ven verde? ¿De qué color es esta camisa? ¿Y esa otra? ¿Y esto de qué color es?

Es una rutina que ya conozco. Hablo de aquel enredo en mi cabeza entre el verde que es gris o tal vez café, de los azules y morados que son iguales siempre, del amarillo y el naranja, irremediablemente semejantes. Hablo de mis ojos que nunca miran igual. Hablo.

Entonces, no se bien por qué, me confieso:
Yo no tengo muchos sueños - les digo- pero si pudiera cumplir tan solo uno quisiera ver un arcoíris.

Se miran unos a otros. No saben bien que decir.  Se hace el silencio.
Uno de ellos se pone a reír. Y luego otro, y otro más. En instantes la risa es parte de todos.

Sonrío también.
Seguramente sean los nervios, me digo.
Sonrío insisto, aunque dudo que noten que mi sonrisa es aquella que se pone  cuando algo se rompe por dentro.


A veces es difícil no sentirse abandonado.

lunes, marzo 26, 2018

La mujer del Cocodrilo

Un día desperté transformado en cocodrilo. Al principio pensé que era un asunto extraño, que nadie había vivido antes. Pero luego recordé a Gregorio Samsa, ese que despertó un día transformado en escarabajo o cucarrón.

Traté de llorar, pero de manera previsible sólo lágrimas de cocodrilo salieron de mis ojos. En mi cama no había nadie, así que pensé que tal vez, con un poco de suerte, la casa estuviera vacía y mi transformación pasaría inadvertida. Pero aquel consuelo duró poco, pues unos segundos más tarde la puerta se abrió de repente.

Pensé en el terror que sentiría mi amada al verme. Los gritos, que sin duda atraerían a los vecinos dispuestos a matar a aquel reptil que yo era, el espanto, el infinito miedo al pensarse devorada, y luego el dolor y la soledad como única consecuencia. Pero nada de aquello pasó, ni terror, ni espanto, ni miedo. Nada de eso.

En cambio me miró largamente y luego se desnudó y se metió en la cama. Estuvimos varias horas metidos bajo las cobijas, como si se tratara de un río en el cuál nos sumergimos entre giros y rugidos. Cuidé siempre que mis dientes no rompieran su piel. Cuidé que mis garras no hicieran jirones su cuerpo. Cuidé que mis escamas no lastimaran sus manos. Pero a ella poco le importaba aquello. Entre giros me atrapaba. Se metía en mi boca abierta y me tentaba a que la cerrara.

Cuando de repente se llenó de agua me revolqué en ella, cocodrilo de agua dulce. Cuando cansados nos sobrevino el sueño me sumergí en su sudor, cocodrilo de agua salada.

La mañana siguiente mi cuerpo era, de nuevo, aquel que siempre había sido, sin escamas, sin garras, sin dientes.
No encontré rastro suyo en la cama. Pero en el piso, marcando el camino hacia la puerta, huellas de garras amplias como platos aruñaban el piso y marcas de dientes tallaban la manija de la puerta.

Hasta el día de hoy sigo esperando que aquel cocodrilo vuelva a despertar conmigo.



sábado, marzo 24, 2018

Media vida

El día que Juan Simón Santacoloma cumplía los 40 años abrió las puerta de su casa, se sentó en el estrecho andén y comenzó a hablar. 

Estaba en la mitad de la vida, dijo, y además estaba sólo. Y triste. No sabía si era la soledad lo que lo ponía triste o más bien por culpa de la tristeza se la pasaba en soledad. Se sentía roto, como un florero viejo al que ya nadie ponía flores, como un jarrón que al quebrarse había sido pegado sin encontrar todas las piezas.
Le pesaba el alma, con el peso que se aprende a reconocer con cada año, con cada vida, con cada fracaso. No sabía decir cuantos kilos pesaba aquello, pero bien sabía que antes, cuando sonreía, aquello pesaba menos, pero que ahora el mundo entero se condensaba justo allí en medio del pecho. 
Dijo en voz alta que tenía miedo. De la noche, del día, del mañana. Pero también de la memoria que implacable lo llevaba hacia el pasado y le recordaba sus errores, un recuento de desgracias que se había cansado de contar.
Habló, como no hacerlo, de amores pasados y perdidos, de las derrotas de cada pérdida, de los sabotajes que el mismo había cometido sin ser nunca consciente de ellos. Que ponía el papel higiénico del lado contrario, que a veces olvidaba levantar la tasa del baño, y que casi siempre se distraía a la hora de poner el suavizante en el lavado, asuntos todos ellos que habían resultado gravísimos y que ninguna mujer, por lo menos de las que le habían tocado en suerte, lograban tolerar.
Entonces lloró. Como las magdalenas, los saucos y los vasos con agua fría. Lloró como quien nunca había partido una cebolla. Y cada pérdida era una lágrima, y cada sollozo un recuerdo que le apretaba el corazón.

Y cuando las lágrimas se le acabaron tomó aire, se puso de pie y entró a su casa de nuevo cerrando, con doble llave, la puerta del frente. No fuera a ser que alguna de las palabras dichas aquella tarde fuera a meterse a su casa de nuevo.

martes, marzo 06, 2018

Hilo

En frente de mi casa, los lunes, a las 5:06 minutos, pasa siempre una mujer. Media la vida en su caminar, siempre presuroso.

Nunca me ha visto. No sabe que existo. La miro siempre escondido atrás de la cortina. Ella camina, sólo eso.

Mis amigos me dicen que me decida a hablarle, que no pierdo nada con intentar, que tal vez ella me quite la tristeza o tal vez hasta me quiera con ella. Pero yo soy tímido y además no tengo nada que decirle. Pero yo he pasado ya los años en los cuales decía a una mujer que me gustaba. Pero yo... ya tengo un plan.

He amarrado un ovillo de hilo a la pata de mi cama. Lo he llevado de mi alcoba hasta la puerta, y de allí he cruzado los tres pisos hasta la puerta del edificio. La punta del hilo está ahí, justo en el medio de la calle por la cual ella pasa. Son ya las 5:03.

Tal vez aquella mujer sepa leer entre hilos que en el centro del laberinto, una suerte de Minotauro tímido la espera.

martes, febrero 27, 2018

Cotidianidad (XII)

En una de las paredes de la casa de mi infancia, mi madre había puesto un cuadro con el dibujo de una casa. No era una pintura exactamente, sino un cuadro hecho con arcilla y yeso y luego pintado de colores. Años después aprendí que aquello se llamaba un alto relieve, pero en mi infancia aquello era el dibujo de una casa campesina, con puertas y ventanas de color azul, paredes blancas o tal vez algún otro color claro. Aquella era la casita de las tristezas. Mi madre y yo le habíamos puesto ese nombre pues, cuando lloraba, ella me cargaba y me llevaba hasta allí y luego, con un movimiento preciso, hacia el ademán de sacar de mi pecho una tristeza y guardarla justo adentro de aquella casa. Había que ser rápidos al abrir la puerta, no fuera que alguna de ellas se lograra escapar.

En mi infancia mis tristezas eran muchas, y frecuentes, y triviales. Un programa de televisión que no podía ver, un juego que había perdido o roto en alguna aventura imaginaria, una nostalgia por no ver a mi padre que rara vez estaba en casa.

Con los años seguí guardando allí pesares. Algunos más grandes, otros más pequeños. Más de un amor roto terminó bajo aquellas puertas azules, más de un dolor que a nadie me atreví a contar.

Hace unos años, en un trasteo, aquella casa cayó al piso. Volaron por todas partes pedazos de puertas y ventanas. Yo sospecho también hayan escapado de golpe las tristezas. Tal vez, cansadas del encierro se escondieron tras la entrada, esperando agazapadas para saltar de a una en quien cruza la puerta distraído. O tal vez me saben aún su dueño, que no es lo mismo una tristeza encerrada que una que se despide para dejar ir lejos.

Ha de ser por eso que a veces, sin motivo, tan solo con cruzar la puerta me dan ganas de llorar.

lunes, febrero 26, 2018

¿Importa el ritmo al narrar?

Hace unos días alguien me preguntó sobre la importancia del ritmo en el mensaje. Recordé que hace años habia leído un texto que lleno de poesía hablaba sobre el tema. Busqué, y rebusqué, sin éxito, así que para no quedarme sin que decir me decidí a escribir uno como respuesta. Aquí va. Por cierto, mejor si lo lee en voz alta:

¿Importa el ritmo al narrar? La respuesta obvia es si. Yo afirmo que es esencial. Lo puedo demostrar con esto. Es un texto con truco. Cada frase tiene cinco palabras. Eso genera una estructura extraña. Cinco palabras pueden decir mucho. Pero se vuelven muy aburridas. Es un texto muy cansado. Se vuelve monótono y lento. Se vuelve casi una letanía. Esos textos agotan al oído. ¿Y si cambiamos? Pasé de cinco a tres. Y eso rompió la cadencia. Otra vez. Un ligero cambio de cantidad. Frases cortas. Silencios.  De repente puedes poner una frase con más palabras. Incluso puedes darte el lujo de poner frases tan largas que cueste leerlas sin tomar antes una bocanada de aire fresco. Respira. Éso se llama ritmo. Ese es el juego de las palabras. Entender que algunos párrafos requieren textos largos que enriquezcan y otros en cambio requieren frases cortas. Silencios. Cambios de velocidad. ¿Notó que no hay nada más que puntos e interrogaciones? Tampoco había en el palabras largas de esas de seis sílabas o siete hasta que aparecieron justo atrás las interrogaciones. Ellas también permiten cambiar el ritmo. ¿Entendido? Eso es todo. Manejar el tiempo. Parar. Seguir. Parar. Ahora recuerde. Este texto comenzó con sólo cinco palabras. ¿No le gustó más cuando pudo con el jugar?

sábado, febrero 10, 2018

Cotidianidades (XI)

Salgo de trabajar y camino, distraído. Busco en la pantalla de mi celular aquellos mensajes que llegaron en el último par de horas.
Aquella pantalla evidencia silencios que no siempre quisiera escuchar. Pasan unos segundos y al fin levanto los ojos y descubro una mujer que camina unos metros delante de mi. No veo su rostro, pero puedo imaginarlo. En su figura amplia abundan carnes que dan forma a su cuerpo de fruta, de pera dulce, de Venus de piedra de otros tiempos.

Basta un segundo y entonces lo noto. Aquellas nalgas, redondas y excesivas bailan al compás de sus pasos, arriba abajo, arriba abajo, arriba abajo una vez más. Cada paso de sus piernas es una invitación que ellas aceptan, seguras y contentas. Arriba abajo, arriba abajo, arriba abajo una vez más.

Camino un par de cuadras embriagado de aquel movimiento. No quiero adelantarla y mucho menos ver su rostro. Aquellas nalgas se sonríen, estoy seguro. Llegamos al metro y su cuerpo, ese de fruta dulce, se pierde en la multitud.

Desde lejos me sonrío.

Con suerte quizá sepa el descaro de belleza que regala en su pasear.

martes, enero 23, 2018

Cotidianidades (X)

La primera vez que fui a un hotel tendría 10 o tal vez 12 años. Los hoteles no estaban en el presupuesto familiar, ajeno a las vacaciones y a los viajes, así que aquello era una experiencia que no dejaba de ser importante. Recuerdo a mi madre, un par de días antes, dándome en una bolsa plástica un jabón de coco para que lavara mis boxer en el lavamanos cada día.
"Los cuelga en la puerta de la ducha, mijo, para que se le sequen en el día"

Recuerdo montar en un avión que a pesar de ir en el cielo se movía como el renault 4 que mi padre manejaba años atrás y que no recuerdo pero tengo la certeza que más de una vez rodó por carretera destapada. Recuerdo, también, mi primer desayuno en buffet. Aún hoy veo el rostro de aquel mesero que me preguntaba dónde más ponerme cosas pues en el plato no cabía más comida. Los huevos tenían tocineta ¡T.o.c.i.n.e.t.a!

Pero lo que más recuerdo es mi primer baño en aquel hotel. En mi casa nunca hubo bañera, pero allí, en ese hotel, enorme y blanca se encontraba una bañera justo debajo de la ducha. Recuerdo entrar, con mi atadito de ropa y ponerlo sobre el sanitario. Luego meterme bajo aquella ducha, con cuidado de no caerme, y abrir la llave.

Y luego recuerdo que de la ducha no cayó nada. Nada de nada. Ni una gota de agua. 

Pero en cambio, abajo, a la altura de mis rodillas, un chorro constante. Yo movía la llave hacia un lado y el agua se enfriaba. Hacia el otro, el agua era caliente. Pero, de arriba, de la regadera, ni una gota caía. Cerrar la llave, volver a intentar. Seguir esperando. Pensar si acaso para bañarse debía uno siempre llenar aquella bañera y si eso no sería demasiada agua. Recuerdo al fin, descubrir que no había más opción que bañarse debajo de aquel chorro de agua que caía desde la altura de las rodillas. ¿Y como meter allí el cuerpo?

Por partes, por supuesto. Los pies era lo fácil. Las manos no eran difíciles tampoco. Y la cabeza, ya puesto en cuatro patas resultaba posible. Y luego venía lo difícil...

No recuerdo como terminó mi baño, ni cómo descubrí aquella pequeña válvula que hacía que el agua cayera desde el cielo. Pero recuerdo bien aquella bañera blanca y mi primer baño en un hotel...

sábado, enero 20, 2018

Cuento para (tal vez) dormir

En una vieja casa vivía un niño que creía que debajo de su cama habitaba un monstruo. Y tanto miedo tenía que en las noches no lograba dormir. Hasta que una noche se armó de valor, tomó una linterna y saltó al piso dispuesto a alumbrar al monstruo.

Lo que el niño no sabía era que...

En una vieja casa vivía un monstruo que creía que encima de su cama habitaba un niño. Y tanto miedo tenía que en las noches no lograba dormir. Hasta que una noche se armó de valor, tomó una linterna y saltó encima de la cama dispuesto a alumbrar al niño.

Desde ese día, monstruo y niño, duermen tranquilos sabiendo que no hay que tener miedo, porque no hay nada del otro lado de la cama.

miércoles, enero 10, 2018

Cotidianidades (IX)

Llueve.

Las calles se llenan de carros que escapan en medio de la lluvia tratando de llegar a casa. Las avenidas, que uno creería vacías de peatones, inclementes mojan a quienes no encontraron un techo seguro, a quienes no encontraron refugio y quieren llegar a casa.
En los buses los vidrios se empañan. Somos decenas los que en medio de la lluvia también viajamos. Vuelvo a mi pueblo, a una hora de la ciudad.  Hago el dibujo de un rostro con mi dedo que quita el vapor de la ventana. Detrás de los ojos que dibujo pongo los míos que miran a la calle. Personas, carros, charcos y lluvia. Motociclistas envueltos en una suerte de bolsa plástica que suelen llamar impermeable. Más lluvia. 

En mitad del camino el bus hace una parada. Quito mis ojos de aquellos otros y veo a una mujer que cruza la puerta. Gracias, dice, muchas gracias señor. El bus arranca de nuevo. La lluvia recorre su cuerpo entero de igual forma que recorre su voz. Todo su cuerpo está empapado. También su voz, insisto.  Camina por el pasillo, en medio de pasos inciertos por el movimiento del vehículo. Busca una silla dónde sentarse. Un charco queda debajo de donde antes estuvo puesto su pie. 

Se sienta a mi lado, y me pide perdón por estar mojada. También me ha pasado, le digo.

El bus se detiene de nuevo. Otra persona entra, de pies a cabeza mojada. Gracias, dice, y el conductor sonríe y sigue su marcha.

Es un héroe anónimo, pienso yo, con la certeza de que el gracias que dicen quienes suben en medio de la lluvia traduce exactamente mi sensación de heroísmo. 

La mujer a mi lado mira y se sonríe. Dice que si con la cabeza. Sospecho sabe lo que yo pensaba, o tal vez hablaba en voz alta sin darme cuenta.

Con mi dedo, escribo héroe en la ventana, 

Tal vez, al llegar a su destino, aquel hombre vea allí un homenaje merecido.