lunes, diciembre 12, 2016

Pintar sin distinguir colores.



Mi relación con la pintura siempre ha sido tormentosa. Es culpa del color que en mis ojos genera una infinita complejidad. Quienes visitan Las Soledades de Babel desde sus orígenes, o quienes me conocen en lo personal saben que soy incapaz de distinguir colores. Es algo con lo que aprendí a vivir, de la misma forma que hay quienes aprenden a vivir con calvicie o quienes viven con ojos azules. A veces incomoda, por ejemplo con la ropa que nunca sé cómo combinar, o con los arcoiris que todos distinguen. A veces, duele.

Me pasa cuando trato de pintar, sea cual sea la técnica. Azul y morado son iguales a mis ojos. El verde a veces es gris, otras es café. El naranja es amarillo. El gris con frecuencia se vuelve rosa. O el rosa gris. Y así, puedo seguir color tras color explicando esta discromatopsia que algunos llaman daltonismo.

Por eso, en parte, pinto usando plastilina. Con sus nombres suelo poder saber que color es cada uno. Las mezclas, normalmente, son respetuosas de la teoría del color y entonces aunque a veces no logre ver los colores como los demás, sé que estoy usando aquello que mi cabeza quiere. El azul será azul, el rosado rosado y el gris será gris al final de esta historia.

Pero, lo confieso. En días como hoy, si pudiera, quisiera ver con los ojos de otro.

¿Veremos acaso, vos y yo, el mismo cuadro?

martes, noviembre 29, 2016

Las manos compartidas






Hace años descubrí 
que algunos de mis silencios
    no me pertenecen. 
Lo descubrí con un reclamo:
       -Ese silencio yo ya lo conozco- me dijeron.
Y pensé que no sólo es un asunto de silencios
sino también de palabras. 

No le presté atención, lo confieso.
estaba ocupado, 
en tratar de vivir mi propia vida. 

Pero luego
hace tan sólo un par de semanas,
vi sobre la almohada vacía a mi lado 
       una mano que no era la mía 
           y que, sin embargo, claramente distinguía. 

En ella, 
escasos recuerdos de infancia se aferraban.

Volvió a ocurrir hace unos días, 
esta vez frente al espejo.
Unos ojos me observaban.

Aquellos ojos, los míos, 
       me miraban 
pero al mismo tiempo 
       miraban otro rostro
            otro recuerdo
                 otro mirar.

Anoche, mientras acostaba a mi niño
tomé su mano.
Y reconocí en aquella mano 
         (apoyada en la mía)
la mano de mi padre 
 que tantas décadas atrás repetía el mismo gesto.

Y recordé entonces 
    aquella mirada de hace unos días
        aquella mano de hace unas semanas
            aquellas palabras que me siguen desde hace años
                 aquellos silencios que me atraviesan.

Esta mañana he comprendido
que también soy mi padre
   sus gestos
      sus memorias
          sus lecciones

Gracias, papá.