martes, noviembre 29, 2016

Las manos compartidas






Hace años descubrí 
que algunos de mis silencios
    no me pertenecen. 
Lo descubrí con un reclamo:
       -Ese silencio yo ya lo conozco- me dijeron.
Y pensé que no sólo es un asunto de silencios
sino también de palabras. 

No le presté atención, lo confieso.
estaba ocupado, 
en tratar de vivir mi propia vida. 

Pero luego
hace tan sólo un par de semanas,
vi sobre la almohada vacía a mi lado 
       una mano que no era la mía 
           y que, sin embargo, claramente distinguía. 

En ella, 
escasos recuerdos de infancia se aferraban.

Volvió a ocurrir hace unos días, 
esta vez frente al espejo.
Unos ojos me observaban.

Aquellos ojos, los míos, 
       me miraban 
pero al mismo tiempo 
       miraban otro rostro
            otro recuerdo
                 otro mirar.

Anoche, mientras acostaba a mi niño
tomé su mano.
Y reconocí en aquella mano 
         (apoyada en la mía)
la mano de mi padre 
 que tantas décadas atrás repetía el mismo gesto.

Y recordé entonces 
    aquella mirada de hace unos días
        aquella mano de hace unas semanas
            aquellas palabras que me siguen desde hace años
                 aquellos silencios que me atraviesan.

Esta mañana he comprendido
que también soy mi padre
   sus gestos
      sus memorias
          sus lecciones

Gracias, papá. 

sábado, noviembre 26, 2016

Una crónica de lo simple


9 am, subo a un bus camino a Medellín. Lo hago casi todos los días. En la banca a mi lado se sientan dos monjas. Siempre he pensado lo mismo: si este bus se accidenta serán ellas las únicas sobrevivientes. Comienza el viaje. A pocos minutos descubrimos que la puerta del bus ha dejado de funcionar. Una mujer, sentada justo al lado de las escalas se convierte en asistente del conductor. Cuando el bus se detiene ella estira sus manos y empuja levemente la puerta para que abra. No tendrá que hacer más ejercicio hoy, supongo. Pasan la minutos y ella, la asistente, ha llegado a su destino. Se baja y ahora la puerta queda a su propia suerte. Entonces el conductor se detiene y de un cajón del bus saca un martillo. Sobre la puerta una caja que esconde un mecanismo. El conductor quita la tapa de la caja y golpea. Uno, dos, tres, cuatro golpes. Los pasajeros miramos con asombro. Guarda el martillo y presiona el botón de la puerta dos veces. Abre. Cierra. La puerta funciona. Se abre también una sonrisa en el rostro de quienes viajamos. Yo, sorprendido, pienso en el realismo mágico de este país y en la certeza de que el ingeniero alemán que diseñó el sistema de la puerta no incluyó en las instrucciones el uso de un martillo de goma. El viaje sigue, las sonrisas se apagan pues comienza la lluvia. Las ventanas del bus se cierran. Tan sólo el conductor mantiene la suya abierta, entrada de aire casi bendita. Un camión nos adelanta por la izquierda. Levanta una ola de agua que justo entra por la ventana del conductor y cae en el rostro y torso de dos mujeres en la banca de adelante. ¡Ay, mi maquillaje! grita una. Yo me río, de nuevo. Llegamos a Medellín. La gente se baja. Algunos toman sombrillas, otros bolsas de supermercado que ponen para proteger sus peinados. Las monjas no pagan pasaje. Allá nos alejamos todos, cada uno hacia su propia realidad.

viernes, noviembre 18, 2016

Blanco y negro y blues


Últimamente juego con acuarelas.
En medio de aquellos encuentros nocturnos, ha surgido una especial fascinación por aquello que pinto con un solo color.

Este es el primero de una serie, basado en una foto antigua.
Blanco y Negro y Blues.




viernes, noviembre 11, 2016

Haz buen arte.

Haz buen arte.

Cuando el mundo se vaya a la mierda,
ve y ponte a hacer buen arte.

Porque el mundo se irá a la mierda más veces de las que puedas llegar a contar.

Un día te quedarás sin trabajo
            la nevera estará vacía
           los perros de la calle no se tomarán la molestia de ladrarte
                     al cruzar la calle.

Un día tendrás que vender tu casa
           tu carro
           tu colección de juguetes, esa que tenías desde niño
           la colección de estampillas que te dio tu padre

O tal vez te rompan el corazón
y el amor eterno terminará eternamente
         o se volverá odio
                 y rabia
                         y dolor
                y rencor
         y silencio

Entonces ve y ponte a hacer buen arte.

A veces no será el mundo que tu eres,
el que se vaya al carajo.
A veces será el otro,
          el grande,
           el ajeno.
y vendrán los odios a lo que es diferente
          y las mentiras
          y el engaño
          y los políticos
          y el miedo.
El miedo siempre está.

Entonces ve, y por lo que más quieras, ponte a hacer buen arte.

Si quieres pinta, si quieres baila, si quieres canta, si quieres escribe.
que todo te importe nada
o menos que nada

Solo ve y haz buen arte.

Lo sé.

Dirás que tu arte no es bueno
Dirás que no sabes pintar
Que lo tuyo no es la música
Que tienes dos pies izquierdos
      y que ninguno de ellos sabe bailar.

O tal vez dirás que tu arte no es bueno.
Corrijo: no es lo suficientemente bueno

Seguramente tendrás razón
y tu arte no será nunca lo que esperas.
En últimas no tiene por qué serlo.

Eso no importa.
Tan solo ve y ponte a hacer buen arte.

Porque el mundo no vale la pena
      porque la vida es una puta
                      que se ensaña
      porque nunca nada que valga la pena ha nacido
                     del miedo

Porque cuando todo se acaba
    lo que importa
        lo que trasciende
            lo que permanece
                lo que sigue
                    lo que queda
                         es el arte.

miércoles, octubre 26, 2016

Colibrí



Tres haikú  para un colibrí. 


Un parpadeo
la luz del sol refleja.
Es un colibrí.


 En un instante
el vuelo de un colibrí.
La primavera.


 En un aleteo
Se escapa la vida.
Nada más queda


miércoles, octubre 05, 2016

Una historia de libros

Para Gloria, mi librera, obviamente.


Le he preguntado a mi librera:

- ¿Tendrán por allí «mujeres de ojos grandes» de Ángeles Mastretta?
- No, me dice ella. Es una pena que hace mucho tiempo no nos llega.
- Si, es verdad, le digo yo, sin saber si la pena es su ausencia o de alguna forma lo fue su presencia.

Y entonces ella, como si de un libro se tratara, dice:
- Aquí estamos, mujeres de ojos pequeños. Ven.

Y con esa frase simple y dulce, cierra la última palabra de la última página, promesa al aire de una nueva historia por leer.