miércoles, mayo 16, 2018

Una mujer llorando

Hoy he visto una mujer llorando. Dicen mis amigos que todas las mujeres lloran, que es algo natural en ellas y que hay que acostumbrarse. Yo no lo sé de cierto. Lo que sí sé, es que yo lloro con ellas. No debería parecerme extraño verla así, enjuagando con el borde de sus manos la comisura de sus ojos, tratando de limpiar aquella lágrima que ya rodaba por el borde de su cara, pero algo en ella había, en esa mirada que no es triste y sin embargo llora, en esa mirada dulce que convocaba el agua.

Aquella mujer lloraba mientras sus manos, pasaban una a una las páginas de un libro.

Temí preguntarle por su tristeza, que soy de naturaleza tímida y dado a las fantasías.

» Disculpe señorita, ¿Por qué llora?
» Por un hombre
» ¿La ha tratado mal acaso?
» No a mi, sino a mi amiga, la de la página 44. Pero es como si el dolor me lo causara a mi.
» La entiendo. Siempre hay quienes maltratan a otros que son como uno aunque no son uno.
» ¿Usted cree?
» No sólo creer, señorita, que yo lo sé de cierto.

Pero nada de aquello dije, y nada de aquello dijo ella. Soy tímido, ya lo dije.

En cambio me quedé allí, sentado, viendo como sus manos se deslizaban suavemente acariciando las páginas de un libro.

Ella no me vio. Nunca alzó la mirada. Me consuelo pensando que tal vez algún día lea estas breves frases y descubra que yo lloro viendo a una mujer que llora viendo las páginas de un libro.

lunes, mayo 14, 2018

Toro





Como un toro
te miro
desde el otro lado de la cerca.

Caminas con tu vestido rojo
ignorante de mi presencia.
Espero.

En silencio te quitas el vestido
y agitas tu falda
como si fuera una invitación al ruedo.

De mi voz un ruego
de mi cuerpo un resoplido
  bramido profundo e incompleto.

En segundos rompo
las vallas que separan
carne de deseos.
Con los cascos te recorro
blanca tierra
y con la cabeza baja
de impulsos arremeto.
Ciego del rojo
de tu sangre que bebo
levanto el rostro al cielo
que es de todo testigo.

Allí, en tu mar termino
por vos 

vencido.

sábado, mayo 05, 2018

Solo

Cuando era niño la palabra <sólo> tenía tilde. No siempre, por supuesto, tan sólo algunas veces. Es una tontería, seguramente, pero a mí siempre me gustó eso. Pensaba que aquella rayita, aunque pequeña, hacía que la palabra estuviera acompañada. Suponía que la soledad de la palabra no era tan grande, si a fin de cuentas alguien la acompañaba, aunque fuera así, inclinada y pequeña, aunque se pasara el día encima de la primera "o" e ignorara a la segunda, aunque fuera así, como flotando. Quizás es que estaba enamorada y por eso no ponía los pies sobre la tierra. Quizás por eso aquella palabra podía vivir como ermitaño pues sabía que con aquella línea sobre ella no estaba sola de verdad, que había una excepción, sólo una, pero una excepción bastaba para llenarla de felicidad.

Por eso, hace unos años, cuando en honor a las reglas ortográficas resultó que mandaban quitarle aquella tilde, me puse triste. Pensé si tal vez la palabra querría seguir viviendo o pasaría a caer en una suerte de confusión y ahora aquella soledad sería como todas las demás.

Quizás por eso, como una suerte de rebeldía, aún pongo aquella tilde. No será por mi culpa que en el papel la palabra se quede sola para siempre.

miércoles, mayo 02, 2018

Cachalote

Para Román, por recordarme a quién debo los pliegues.





Hace 15 años diseñé un cachalote. Eran otros tiempos, ya lejanos, en mi búsqueda de origami. Soñaba con panteones olímpicos, con convenciones y libros por montones. Soñaba con modelos complejos, con figuras que me darían reconocimiento entre todos los plegadores del mundo.

En aquel momento no sabía casi nada de diseño, pero obviamente aquello no importaba. En realidad nunca ha importado. Diseñé un cachalote: simple, plano y geométrico. No tenía grandes esperanzas aquel modelo y sin embargo me llenó de orgullo, ese orgullo ciego de quien apenas comienza a plegar.

Diagramé sus pasos y estuvo durante años en la página de Nicolas Terry. Con el tiempo pasó al olvido, como suele pasar con muchos origamistas y con sus modelos, como suele pasar con muchos sueños sin sentido. Los diagramas se perdieron y olvidaron también ellos. Quizás, por tratarse de un cachalote esté bien visto decir se hundió en algún profundo abismo.

Hace unos días pensé en plegar una ballena. Tomé una hoja y busqué un par de veces. Nada fluyó en aquel momento. Pareciera que no está mi alma para profundidades por estos días. Intenté de nuevo, y la memoria quiso que recordara aquella ballena de hace 15 años. No recordé sus pasos, mi cabeza no da para tanto, pero buscando entre cosas viejas pude recuperar su secuencia de plegado.

He cambiado un par de cosas, actualizado unos detalles, y diseñado una mejor manera de cerrar aquel modelo. He cambiado también sus sueños y su destino.

He plegado este nuevo cachalote, para descubrir mientras escribo que en realidad es el mismo modelo. Más maduro hoy, como si hubieran pasado 15 años. Ha cambiado él, y también yo, todo sea dicho.

También en los pliegues se nos va notando la vida que pasa.

viernes, abril 27, 2018

Un agujero en el vestido

Hay quienes vamos por la vida
cargando las cicatrices, siempre visibles,
de una ruptura.

Tratamos de esconder aquellos rotos
como quien esconde un agujero en un vestido:
una sonrisa quizá,
algún asomo de inteligencia.

Pero lo cierto es
que por cada uno de aquellos agujeros
se nos mete el frío
y la tristeza.

¿Entiendes ahora, amor mío,
por qué digo que te amo, costurera?

miércoles, abril 18, 2018

Cotidianidades (XIV)

¿Y cómo vas con tus monstruos? me pregunta con ese tono de voz que es al tiempo curiosidad y certeza.

Mejor, le digo. Ya nos hemos ido acostumbrando los unos a los otros y bien que mal convivimos. Debe ser eso lo que llaman la serenidad de los años.

¿A qué te refieres? insiste, con esos ojos de tierra y de esperanza, de bosque oscuro y de sonrisa.

Mis monstruos también se van volviendo viejos, con sus canas y sus achaques, con dolores en la mañanas al despertar, con sus caprichos. Hay algunos que incluso lucen tiernos con los años, como si el tiempo fuera teñiendo de costumbre su existencia igual que lo hace con los recuerdos. Hay días en los que me sorprendo cuidando de ellos, preguntándoles cómo están.

¿Y no has pensado despedirlos de una vez? pregunta, conociendo la respuesta.

No. Nunca. Si ellos se fueran ¿quién me haría compañía?