miércoles, octubre 10, 2018

Llueve a cántaros



Llueve a cántaros.

...y a cocas y a baldes y a poncheras, a cubos, cubetas y a palanganas. A tazones, platos hondos, tazas de tinto y de café. Llueve a vasos, y a manos juntas, a bocas abiertas mirando al aire. A copas, cuencos y cuñetes. Llueve hasta a floreros de boca ancha, a jarras de jugo dispuestas para la ocasión, a tinajas de leche, bañeras e incluso lavamanos si pudieran llevarse afuera. Llueve a frascos de mermelada y de conservas, a canecas de recoger agua y a canecas de basura, a moldes refractarios vacíos, a botellas que antes tenían té o gaseosa o detergente o alguna cosa que ya dejaron de tener.

También a vasijas llueve.






Supongo yo que aquel sea el problema de llorar, que luego llueve.

sábado, octubre 06, 2018

Cotidianidades (XX)

Buena parte de mi trabajo consiste en entrevistar personas, preguntar sobre su vida, sobre lo que esperan del futuro. Mi trabajo consiste en escuchar historias y aprender de ellas. Escuchar y preguntar. Tan solo eso.

Hace unos días hablaba con un campesino, rondando los 50 años. Era un hombre de hablar rápido y palabras sencillas. Su voz, siempre baja, me hizo pensar en cuántos silencios habría escuchado.

» Yo no estudié, me dijo, porque mi papá no me dio de eso. Hice hasta segundo de primaria y me puse a trabajar en esto, con las matas y con la tierra.

+ ¿Le gusta?

» Si, ya si. Antes no tanto. A mi el campo me tocó, porque el campo es lo único que me podía tocar. Pero me enseñó mucho y me dio todo. El campo es así.

+ ¿Y los hijos? Le pregunto,

» Ellos si estudian. El uno tiene once, el otro tiene siete. Van al colegio por aquí.

+ ¿Y a ellos les gusta el campo?, pregunto.

El hombre se detiene de pronto. En su rostro un gesto de dolor. Es pequeño, casi imperceptible.

» Al que estudia no le gusta el campo, dice.

Es una certeza triste la que le llena la voz

+ No estaría tan seguro, le digo yo. Conozco quienes se van y estudian y luego vuelven. La tierra los llama y ellos regresan.

Lo veo alzar la mirada, con una intensidad que hasta ese momento no existía. Su rostro cambia. Sus ojos se tiñen de brillo. Sus labios se tensan. No son lágrimas aún, pero seguramente lo serán dentro de poco.


» ¿Usted cree?, pregunta...

Entonces lo entiendo todo, al fin.

Mi trabajo consiste en escuchar a personas hablar sobre su vida, sobre lo que esperan del futuro. Mi trabajo consiste en escuchar historias y aprender de ellas.

Pero a veces, sin saberlo, descubro que mi trabajo consiste en dar a alguien una esperanza.

jueves, octubre 04, 2018

El día que se inventó el color (5)


El día que se inventó el color (5)
Cinco: un problema material.


Salvo que seamos físicos o artistas de la luz, los demás pintamos con pigmentos. Lápices de colores, tiza pastel, óleo, acuarela, acrílico, óleo pastel, crayolas, vinilos, témperas, plastilinas o incluso hilo. Los materiales con los cuales pintamos han conseguido todos su color por medio de pigmentos y colorantes, así que en cierta forma la historia del color es también la historia de los colorantes. Y como buena historia está llena de emociones y aventuras. Más adelante hablaremos de algunas de ellas, pero por ahora es interesante conocer al menos sus bases.

Los primeros colores con los que pintamos fueron colores tierra. El café y el rojo son los colores básicos de todo pintor prehistórico. Es bastante lógico: los pigmentos se obtenían precisamente de la tierra. Los pintores de antiguas cuevas nos regalaron bisontes, antílopes, caballos y cazadores en hermosos colores café, rojo y negro. El negro, por supuesto, es culpa del carbón.

La mayoría de colores surge entonces de la tierra. El reino mineral ha sido el gran proveedor de pigmentos de la historia. Pero, la verdad sea dicha, ha sido un proveedor caprichoso. Muchos de los minerales de los cuales se obtienen los pigmentos han sido de origen exótico o por lo menos lejano. Peor aún, muchos de ellos han surgido de minerales peligrosos que terminan causando problemas de salud entre quienes los recogen y usan (quién lo hubiera creído: ser artista implicó durante siglos riesgos laborales de envenenamiento)

Pero ¿Cómo se pasó de tener un mineral a un pigmento? ¿Qué hizo que alguien pasara de usar un mineral como el cadmio o el arsénico como un producto para colorear?

Quisiera pensar que existía una demanda del mercado, que los artistas primitivos y antiguos demandaban la existencia de nuevos colores con tanta fuerza que aquello llevó a la investigación y desarrollo de pigmentos, pero, la verdad, no es el caso. Pintar nunca fue un asunto de muchos. Lo que sí causó esa demanda fue algo que parece no tener ninguna relación: la medicina.

La relación entre los pigmentos y la medicina suena curiosa, pero es también sumamente hermosa. El padre de la medicina, Hipócrates, planteó un principio denominado el Principio de Similitud. La idea detrás de él es simple: lo similar cura lo similar. Las aplicaciones de este principio tienen más de magia que de ciencia, pero aun así llevó a la medicina por un buen camino, y, de paso, permitieron obtener los minerales para obtener los pigmentos que permitieron tener una nueva gama de colores. Es un resultado marginal, pero uno sumamente hermoso. Al tomar un mineral y pulverizarlo para obtener algún compuesto médico, también se obtuvo el polvo de color que luego usarían los artistas.

De hecho y como dato curioso, los pigmentos artísticos hasta bien entrado el siglo XVIII se conseguían, precisamente, en las boticas, donde se vendían tanto para pintar como para tratar enfermedades. (Señor boticario, me siento débil y sin ánimo... No sé preocupé mi señora, llévese este óxido de hierro, que si no la alivia por lo menos le permite pintar lienzos de un rojo bien bonito)

Pero volvamos al tema: el polvo obtenido de aquellos minerales se mezclaba con diversos líquidos para obtener las pastas o colores para pintar. El problema es que las composiciones y químicas exactas de dichas mezclas nunca fueron plenamente estandarizadas y, por ende, de mezcla a mezcla existían cambios. Peor aún, muchas de estas mezclas resultaban en tintes y colores fugaces, los cuales con el paso del tiempo perdían su intensidad, desaparecían o incluso se volvían completamente negros. No fue sino hasta el siglo XVIII que se consiguió una amplia paleta de colores estables, que pudieron pasar de mano en mano y cuadro en cuadro. Antes de eso, los talleres de arte tenían aprendices pulverizado piedras para obtener los colores deseados. Literalmente, antes de ser maestro en el arte había que moler muchas piedras.

Nota: a continuación una lista de algunos de los minerales que dieron origen a distintos pigmentos y colorantes. Sin duda más fácil y seguro comprar en la tienda el color deseado que buscar los minerales originales y hacer el color en casa.

  • Arsénico: permite obtener el llamado “Verde de París”
  • Carbono: permite obtener negros; Negro de carbón, negro marfil, negro viña, negro de humo
  • Cadmio: permite obtener tonos amarillos, rojos y naranja. 
  • Hierro (más precisamente los óxidos de hierro): Permiten obtener colores rojos. Hay uno que tiene un nombre que siempre me ha causado risa: Caput mortuum (que traduciría algo como “cabeza muerta”, en español). 
  • Cromo: permite algunos tonos de verde y de amarillo. 
  • Cobalto: permite algunos de los azules más bonitos, aunque también violetas e incluso amarillo. 
  • Plomo: permite obtener blanco de plomo. También un color muy famoso entre los impresionistas llamado amarillo de Nápoles. 
  • Cobre: permite obtener diversos tonos verdes. 
  • Titanio: permite obtener blanco, amarillo y negro. El titanio es muy utilizado en las pinturas industriales, por cierto. 
  • Mercurio: Permite obtener el bermellón que es una suerte de rojo-anaranjado oscuro. 
  • Zinc: Permite obtener el llamado blanco de zinc. 
  • Arcilla: Permite obtener tonos de café. En el arte tienen unos nombres que son complicadísimos pero muy poéticos como “Siena natural”, “Siena tostada”, “sombra”, “sombra tostada”, entre otros.


jueves, septiembre 27, 2018

El día que se inventó el color (4)


El día que se inventó el color (4)
Cuatro: cuando los colores son un asunto del idioma.


Cuando dijimos que los colores, en últimas, viven dentro de nosotros, dejamos una implicación en el aire: el color y la percepción del mismo es un asunto cultural.

Culturas diferentes, en momentos diferentes, interpretan los colores de manera distinta. Es increíble pero cierto. Los griegos de la antigüedad, por ejemplo, tienen una extraña relación con el azul: básicamente no existe. Cuando se revisan los textos como la Ilíada o la Odisea se encuentra algo sorprendente: el mar es rojo, a veces negro, pero nunca azul. No se trata de que Homero fuera daltónico (aunque sería bueno tener un compañero tan famoso en eso del daltonismo). Los textos de la época no mencionan nunca el azul. No, tampoco es que el mar en aquella época fuera de otro color. Es que para una cultura entera el azul no existía.

Seguramente alguno pensará que los griegos estaban locos, pero no eran los únicos que no veían el azul. Los himnos védicos, textos religiosos anteriores al budismo, no tienen referencias al azul. Hablan de cielos hermosos, de la luz sobre el horizonte, de las nubes, pero nunca del azul del cielo. En textos como el Corán o la Biblia (en sus versiones más antiguas) parece no haber referencias al azul. En muchos textos de la antigua China pasa igual. En resumen, pareciera que el azul no existe sino hasta que los egipcios le dieron un nombre y comenzaron a utilizarlo (aproximadamente 2500 años a. de C.)

La existencia (o no) del azul permite ilustrar un punto sumamente interesante: lo que no se nombra, parece no existir. Y eso es algo especialmente claro con los colores.

Muchas culturas clasifican los colores en categorías muy amplias: oscuros y claros, (blanco y negro, luz y oscuridad) por ejemplo. Luego agregan colores rojos a la clasificación, luego verde y luego azul. El amarillo, por ejemplo, suele ser muy cercano al blanco. Otras culturas son mucho más exactas. Hay por ejemplo, una leyenda urbana que señala que los esquimales tienen hasta 50 nombres para denominar el blanco. En Rusia, por ejemplo, el color azul tiene nombres diferentes y categorías diferentes si se trata de azul claro o azul oscuro. Mientras, en Namibia, la tribu Himba no tiene nombre para el azul. De hecho no logra reconocerlo en diferentes estudios similares a los que se hacen para saber si alguien es daltónico o no. En cambio, tienen tantos nombres para el verde que son capaces de reconocer gamas que otras culturas no. Algo similar ocurre con los chinos, que tienen múltiples palabras para el rojo, mientras que emplean muchas menos para el azul.

¿Qué podemos concluir entonces?

Bueno, por lo menos un par de cosas. Para comenzar, que el color que vive dentro de nosotros, vive también en nuestra propia cultura (como siempre, la cultura lo permea todo).
Y, para terminar, que el color es siempre una cosa hermosa, independiente de cómo lo nombremos.