domingo, febrero 22, 2015
domingo, febrero 15, 2015
Buey de Agua
Algunos temas se me
vuelven recurrentes, casi obsesivos. Me persiguen una y otra vez, agazapados,
esperando el más mínimo descuido (o también la mínima intención) para
simplemente plantarse frente a mí y exigirme los recorra. Si estoy en la calle,
es como si toda la ciudad estuviera llena de presencias o de ausencias, según
el tipo de recuerdo en recurrencia. Si es en casa, saltan de los cajones y los
armarios con tan solo prender la luz. Muchas veces es un asunto placentero, no
puedo negarlo. Recorrer los recuerdos, cuando dulces, es vivirlos un poco de
nuevo. Por algo la palabra recordar significa precisamente volver a pasar por
el corazón. Tampoco puede negarse que otros días es un asunto doloroso. Cuando
amargos, los momentos recordados pasan también de nuevo justo dentro del pecho.
A veces el recorrido no es un asunto de pasados, sino de futuros. No recorres
lo que fue sino lo que podría ser, lo que pudo haber sido. Cuando hablamos de pliegues, pasa eso
exactamente. A veces recorro pliegues que ya fueron, tratando de mejorarlos un
poco cada vez, a veces lo que vienen son temas nuevos que trato y trato de
plegar, una y otra vez. En las últimas semanas se
encuentran escondidos recuerdos de las cosas que no fueron. Me esperan en las hojas de manera evidente, mirando,
tratando de decir, recomendando elija un camino u otro, exigiendo decida hacia
dónde trazar la siguiente línea.
Cuando eso pasa lo único que puedes hacer
es dejar que sea el corazón el que guíe la caricia de las manos, con la esperanza de que esa piel plegada quiera estremecerse con tu tacto.
domingo, febrero 08, 2015
domingo, febrero 01, 2015
domingo, enero 25, 2015
Pegaso
Hay días en los que bastaría una palabra. Hay días en los que hace tanto frío afuera que sólo guardas silencio esperando algo de calor quede para el alma. Hay días en los que no sabes cómo pasarás el día.
Ay días. Así, sin h.
miércoles, enero 21, 2015
martes, enero 20, 2015
Infinitas promesas rotas
No se defendió, no hubo un sólo sonido, una sola queja. Tomé su cabeza y la corrí hacia atrás. Saqué el corazón de su sitio limpiamente. Las lágrimas ayudaron en eso. Ahora sólo queda el sonido del vacío, el silencio intenso. Ya no hay bramidos ni resoplidos. No escuché el sonido de la muerte llegar, tampoco el de la vida al escaparse. Pensé que la sangre sonaría al golpear el piso, lentamente, gota a gota, como una prolongación de los latidos que ya no eran. Pero no salía de allí ningún sonido, ninguna queja. Trató de consolarme, ¿sabes? Cuando vio que venía a matarlo me dijo que me amaba. Se recostó en mí y allí lo hice. Bastó amarrar sus manos con el mismo hilo que usaba para no perderme. Acaricié su rostro y el muy monstruo me miró, con esa mirada siempre triste que sin embargo se alegraba al verme. Lo maté junto con las promesas que nos hicimos y las palabras que no terminamos nunca de decirnos. Lloré mis infinitas promesas rotas, las cosas que no fueron y las que dejaron de ser. Lloré, ¿sabes?
Entonces Teseo sonrió. La historia diría que fue él quien venció a la criatura. Hablaría del hilo y del cuchillo, del laberinto y del monstruo que ahí vivía, y aunque sabía que ella lo amaba vigilaría que los cronistas nunca dijeran eso. Nunca nadie contaría que años más tarde ella aún llora por las noches. Nunca diría nada del amor de Ariadna y el Minotauro.
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