domingo, febrero 15, 2015

Buey de Agua

A veces me ocurre. 

Algunos temas se me vuelven recurrentes, casi obsesivos. Me persiguen una y otra vez, agazapados, esperando el más mínimo descuido (o también la mínima intención) para simplemente plantarse frente a mí y exigirme los recorra. Si estoy en la calle, es como si toda la ciudad estuviera llena de presencias o de ausencias, según el tipo de recuerdo en recurrencia. Si es en casa, saltan de los cajones y los armarios con tan solo prender la luz. Muchas veces es un asunto placentero, no puedo negarlo. Recorrer los recuerdos, cuando dulces, es vivirlos un poco de nuevo. Por algo la palabra recordar significa precisamente volver a pasar por el corazón. Tampoco puede negarse que otros días es un asunto doloroso. Cuando amargos, los momentos recordados pasan también de nuevo justo dentro del pecho. A veces el recorrido no es un asunto de pasados, sino de futuros. No recorres lo que fue sino lo que podría ser, lo que pudo haber  sido. Cuando hablamos de pliegues, pasa eso exactamente. A veces recorro pliegues que ya fueron, tratando de mejorarlos un poco cada vez, a veces lo que vienen son temas nuevos que trato y trato de plegar, una y otra vez. En las últimas semanas se encuentran escondidos recuerdos de las cosas que no fueron. Me esperan en las hojas de manera evidente, mirando, tratando de decir, recomendando elija un camino u otro, exigiendo decida hacia dónde trazar la siguiente línea.

Cuando eso pasa lo único que puedes hacer es dejar que sea el corazón el que guíe la caricia de las manos, con la esperanza de que esa piel plegada quiera estremecerse con tu tacto. 


domingo, enero 25, 2015

Pegaso


Hay días en los que bastaría una palabra. Hay días en los que hace tanto frío afuera que sólo guardas silencio esperando algo de calor quede para el alma. Hay días en los que no sabes cómo pasarás el día.
Ay días. Así, sin h. 

martes, enero 20, 2015

Infinitas promesas rotas

No se defendió, no hubo un sólo sonido, una sola queja. Tomé su cabeza y la corrí hacia atrás. Saqué el corazón de su sitio limpiamente. Las lágrimas ayudaron en eso. Ahora sólo queda el sonido del vacío, el silencio intenso. Ya no hay bramidos ni resoplidos. No escuché el sonido de la muerte llegar, tampoco el de la vida al escaparse. Pensé que la sangre sonaría al golpear el piso, lentamente, gota a gota, como una prolongación de los latidos que ya no eran. Pero no salía de allí ningún sonido, ninguna queja. Trató de consolarme, ¿sabes? Cuando vio que venía a matarlo me dijo que me amaba. Se recostó en mí y allí lo hice. Bastó amarrar sus manos con el mismo hilo que usaba para no perderme. Acaricié su rostro y el muy monstruo me miró, con esa mirada siempre triste que sin embargo se alegraba al verme. Lo maté junto con las promesas que nos hicimos y las palabras que no terminamos nunca de decirnos. Lloré mis infinitas promesas rotas, las cosas que no fueron y las que dejaron de ser. Lloré, ¿sabes?   


Entonces Teseo sonrió. La historia diría que fue él quien venció a la criatura. Hablaría del hilo y del cuchillo, del laberinto y del monstruo que ahí vivía, y aunque sabía que ella lo amaba vigilaría que los cronistas nunca dijeran eso.  Nunca nadie contaría que años más tarde ella aún llora por las noches. Nunca diría nada del amor de Ariadna y el Minotauro.