Por las noches los recuerdos... No, no es así... Hay recuerdos, por las noches, que persiguen madrugadas.
Guardo en medio del pecho... No, corrijo... Hay en medio del pecho un latido que desafina.
Llevo en el borde de los ojos... No, perdón, que mal lo digo... Derrama en el borde de los ojos una lágrima de sal sin arcoíris.
Tengo en medio de las piernas... No, no es cierto... Se acomoda entre las piernas una ausencia de despedida.
Perdonen que me equivoque tanto en lo que digo y que confunda lo propio con lo ajeno... Pero es que la vida se me enreda a veces Y se me olvida que no son mías estas cosas... Que si acaso lo fueran estaría insomne sin remedio, con sordera de latidos, de lágrimas sería sequía, y de ausencias un desahucio...
Así que me pongo en orden y te devuelvo más bien esas cosas tuyas que llevaba que se queden contigo que yo quiero lo mío: sueños propios latidos a mi ritmo lágrimas de risa y ganas de bienvenidas.
Algunas veces, los domingos en la tarde, me agarra de golpe una tristeza. No se anuncia, no me avisa, no me advierte.
Sólo llega y se acomoda en el vacío que dejaron tristezas que antes en mi vivieron.
En medio del desespero emborrono poemas, arrugo papeles pinto de negro cuadros viejos, como si acaso entre tachones pudiera sacar esto, que se me mete dentro.
Entonces vienes y me llamas a una cama en la que compartes almohada, lecho y cobijo.
Te recuestas en mi pecho. Con voz queda le dices que se vaya, que me deje.
Allí estás tú, desnuda de vestido, y de brillante armadura.
Tristeza y tu pelean mientras yo me duermo. Despierto luego... aliso los papeles, pinto cuadros nuevos, escribo este poema.