martes, mayo 16, 2017

Alas de juguete

En todas las ciudades se encuentran, ocultos, pequeños negocios que son una ventana a otros tiempos en los que el trabajo se hacía a mano y el tiempo no era la moneda de cambio. Son pequeños lugares, escondidos de la vida, en los que aún habita el encanto sutil del trabajo amado. No son muchos, es verdad. Algunas anticuarias de libros, por ejemplo, aún conservan esa línea directa con el pasado. No la mayoría, por supuesto, que casi todas se hayan tan inmersas en la modernidad que más que ventanas claras son vidrios opacos, lugares sin alma que hoy venden libros sin historia, sin pasado y sin memoria. Son visitados casi siempre por estudiantes que buscan ahorrarse unos pesos comprando libros viejos o tal vez ganarse un almuerzo extra vendiendo aquellos textos que en todo el año nunca leyeron. Esas anticuarias no son más que un artificio de aquel secreto del que hablo. Pero aún existen, silenciosas e inmortales, algunas en las que cada libro cuenta una historia. En muchas sólo el librero conoce la historia y te habla de a qué biblioteca pertenecía, de quién es aquella firma difícil de entender, de los avatares que dicho libro ha vencido con los años. 

Leí alguna vez que en Italia (o tal vez era en Inglaterra) vivía aún escondido entre las sombras un pequeño local de un fabricante de bombillas a mano. Mezclaba en ellas gases nobles que daban su color a cada luz. Conocía cada tipo de bombilla hecha, y seguramente también las que quedaban por hacer. 

Supongo existan más ventanas de las que hablo, pero es un supuesto que tiene más de esperanza que de realidad. Cada vez es más difícil encontrar lugares como esos. "Se los va comiendo el progreso", dicen. Yo sospecho que cada vez que uno de aquellos sitios cierra la ciudad se muere un poco, aunque nadie se de cuenta. 

En este barrio aún sobrevive una ventana. Es pequeña, y no sé si resista mucho más, pero hoy he podido encontrarla. En ella un hombre viejo de lentes anchos como base de botella y una joroba difícil de negar repara juguetes y muñecos viejos. Aquel hombre es el cliché completo de lo que imagino sea un reparador de juguetes. No tiene cargaderas ni corbatín, que en mi cabeza ha sido siempre un requisito indispensable del oficio, pero salvo esa omisión profesional, es exactamente igual a lo que mi cabeza dice que debería ser. 

La entrada es pequeña: una puerta metálica de un garaje a la cual se le abrió un espacio que funciona como lo hacen las ventanas de despacho en las salsamentarias de barrio. Bajo ella un cartelito plastificado y desteñido que con una caligrafía impecable dice "se arreglan juguetes". Toco el timbre y suenan pasos. ¿Quién?, dice una voz gastada. Vengo a traer un juguete, digo. 

Tras la puerta aquel garaje se encuentra adaptado para una labor distinta a la original. Una mesa grande, de espaldas a la entrada, es alumbrada por una lámpara de escritorio de brazo mecánico. Sobre ella una suerte de tapete blanco en el cual descansa una lupa que adivino tendrá aún más aumento que el que tienen las gafas de quien allí trabaja. Las paredes de piso a techo mostrando repisas en madera llenas de cajas. En las cajas diversos objetos: tornillos, arandelas, trozos de tela, cuerda, hojalata, pintura, canicas de vidrio, hilos en todos los colores, llantas y partes de otros juguetes. Supongo hay también herramientas, aunque no logro verlas. No hay sillas ni butacos, salvo aquella que frente a la mesa y también de espaldas a la puerta ha de servir de puesto de trabajo.

¿Cuál es la historia? me pregunta, y yo le cuento. Es el juguete de mi hijo, le digo, el que usa para dormir. La cuerda se ha roto y ahora es un payaso triste que ha dejado de cantar. Creo que en aquel hombre se esboza una sonrisa, pero supongo sea esa manía mía de pensar que todas las personas ven en el mundo cierta poesía. Me dice que espere mientras me lleva hasta la puerta. 

Me quedo afuera, tratando de ver que hace aquel hombre a través de la ventana de despacho. Solo distingo su espalda, doblada sobre la mesa. Veo a aquel hombre tomar el juguete y ponerlo sobre su oído. El gesto, aunque lento, me parece sumamente elegante. No dirá nada aquel muñeco, pienso, pues su cuerda rota no le permite hablar, y sin embargo aquel hombre deja el muñeco sobre su oído un minuto tras otro.Me pregunto si cada juguete le contará su historia. ¿Le hablará del niño que los tuvo? ¿Le contará los secretos que su dueño le confió? Tal vez algunos juguetes hablen de maltratos, de abandonos, de soledades. Tal vez alguna muñeca cuente de sueños cansados. Supongo más de un oso de felpa sabrá hablar de corazones rotos. O tal vez hablen de recuerdos gastados o de la traición que los años hacen a la infancia. Y así, mientras pienso, veo como diligentemente trabaja. Quisiera ver sus manos, pero desde mi posición tan solo alcanzo a imaginarlas. Lo veo tomar un destornillador y abrir una caja de música. Quizás el corazón de los muñecos tenga siempre forma de caja musical. ¿Será acaso eso lo que ha pasado a aquel juguete? ¿Su corazón roto habrá dejado de cantar? Es grave aquello de las enfermedades cardíacas, ya sea que hablemos de personas o muñecos. Mi padre sufre del corazón así que lo sé de cierto. Supongo a algunas personas les cambie la vida, aunque no sé si a aquel payaso también le ocurra. Vive bien. Duerme en una cama blanda cada noche, lo abrazan antes de dormir, no le faltan cuentos e historias de aventuras. ¿Qué pudo haber soñado mi hijo aquella noche que hizo que no hubiera más latidos en aquel pequeño cuerpo de tela y algodón?

Afuera el sol se oculta. Los sonidos de la ciudad poco a poco cambian. Los gritos de vendedores que llaman a clientes futuros se van apagando, el tráfico cambia y la gente se apresura para llegar a sus hogares. Una sirena suena a lo lejos. Tal vez se trate de alguien con un ataque al corazón, ironía perfecta, supongo. Y mientras pienso aún espero. Al fin lo veo levantarse. Se acerca pausadamente, llevando en sus manos aquel muñeco. Tal vez me equivoque, pero parece que ahora sonríe un poco más. Me abre la puerta y mientras me lo entrega me dice que no era un daño grave, que aquel payaso se enamoró de una muñeca de nieve y que justo anoche ella le habló de un amor correspondido. Hay corazones que a veces no soportan tanta alegría, dijo, y yo le creo.

Mientras me alejo de aquella calle veo a aquel viejo, de lentes y espalda curva cerrar la puerta de su negocio. Sospecho, bajo la camisa, un par de alas se disfrazan de joroba.

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