jueves, julio 07, 2016

viernes, julio 01, 2016

Falta


Últimamente me faltan las palabras.
Se hayan perdidas, 
extraviadas en alguna lejana habitación de la memoria.
Las busco, lo juro, 
con el mismo desasosiego con el cual el sediento busca el agua 
o el solitario busca compañía. 
No logro encontrarlas.
Las busco en las palabras de otros, 
en libros que nunca he abierto, 
en libros que ya leí. 
Las busco en ojos ajenos, 
en miradas que se cruzan en la calle, 
en el reflejo que me mira colgado en la pared. 
Me faltan, y su falta me tortura.

Hay días en los que creo se agolparán todas en los dedos, 
listas a salir como si de una cascada de letras se tratara. 
Quizás estaban adentro, 
semillas de un árbol que de frutos estará repleto. 
Pero las pocas que al fin salen, tímidas, 
se enredan en mis dedos, 
palabras de hilo que se anudan frente a mi. 
Quizás salgan por la garganta, pienso, 
pero entonces todo se vuelve torpeza de palabras atropelladas, 
y luego silencio, 
y luego ahogo.

Quizás sea algún castigo divino. 
El precio que me cobran rencorosos dioses por los pecados que cometí 
o quizás por aquellos que nunca me atreví a concretar. 
Quizás sea más poético el castigo 
y sea mi condena la de un Babel moderno, 
tratando de hablar en un idioma que nadie más conoce. 
Tal vez me gasté ya todas mis palabras, 
tal vez ya nada me queda por decir.

Tal vez de musas ausentes lentamente la vida me rodea. 
O tal vez, no lo quiera el destino, 
haya llegado a la vida el tiempo del silencio.

Se han ido las palabras y queda todo lleno de desierto.
Mientras vuelven, que de música sea mi consuelo.

domingo, junio 12, 2016

domingo, mayo 15, 2016

Mujeres y oficios (la costurera)




Vuelvo a hablar sobre mi madre.
Hay mujeres así, sobre las que uno vuelve 
invariablemente. 
A veces la veo sentada en su costura. 
(Así son todas, sospecho.) 
Puntada tras puntada va arreglando ropas viejas
que en sus manos se niegan a morir.
Costura tras costura, remienda los agujeros que va dejando la vida. 
Son curiosos los agujeros de la ropa.
Salen cuando menos se les espera,
sin pedir permiso,
sin avisar siquiera.

Pero allí está ella, aún con su costura.
Imagino no comprende la diferencia entre la costura y la vida misma.
Una y otra se tejen frente a ella
Y se destejen
En algunos casos se ve la cicatriz,
en otros, gentilmente,
se disimulan surcos con dobladillos,
y dobladillos con comisuras,

Yo no se coser. Nunca aprendí ni de agujas
ni de hilos.
Así que de cuando en vez
vuelvo y hablo con mi madre.
Y otra vez, sin que lo note, me cose un agujero
que se me había hecho en el alma.

domingo, mayo 01, 2016

Fragmentos (Caballo)



Fragmentos, 

Eso es todo

Lo son la memoria y el recuerdo, lo es la vida. 

Unos se presentan. Otros se esconden.

Unos en negro, otros en blanco. 

Unos son palabras, otros son silencios. 

Fragmentos, digo yo.

Nada más que una sucesión interminable de fragmentos.  

lunes, abril 18, 2016

El libro de las pajaritas de papel

Juan Gimeno es historiador de vocación, y quizás también de oficio. Es historiador de cosas viejas y tiempos pasados, de historias que se desvanecen en memorias antiguas. Es él uno de aquellos que resulta ser memoria de aquello que se ha perdido en el recuerdo.

Hace unos días preguntó por un par de libros viejos, y sin querer preguntó también por sus historias. Esta noche quisiera contar una.

La historia de mi primer libro ya la dije alguna vez. Creo que ninguna historia será tan bella como esa, pero la historia de este otro tiene también su oculta hermosura, por lo menos para mi. Ocurrió hace más de 20 años, en la época en la que difícilmente se encontraban libros que hablasen de papel doblado, en los tiempos en los que la palabra origami sonaba a insinuación.

Todos los origamistas conoce la situación. Llegar a una librería y preguntar, tímidamente, si acaso tienen libros de origami. Esperar unos segundos y observar como el rostro del librero cambia. Ocurre luego una de dos escenas.

*¿Ese es el apellido del autor?
- No, es el tema.

*¿Origamia? no, no me suena.

- Bueno, gracias.

O, tal vez...

*¿Origami? espere un momento.

(Y entonces te emocionas pero intentas, vanamente, que la emoción no te desborde. Y esperas. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic...)

*No, de eso no tenemos.

Luego irse del lugar, culpándose uno mismo por haber preguntado, por permitirse emocionarse, por sucumbir, de nuevo, a la superflua ilusión.

Algunos, como yo, aprendemos con el tiempo que resulta mejor buscar por uno mismo. Tal vez la constancia venza lo que la dicha no alcanza, o tal vez las ganas consigan lo que el conocimiento niega. Entonces vamos directamente a las secciones, miramos uno a uno, portada tras portada. Esfuerzo vano. Con los años dejamos de buscar, cansados del mismo rostro perdido, de la misma esperanza ilusoria, del mismo esfuerzo sin sentido.

Pero vuelvo a la historia. Años atrás entré a una librería en Medellín. Iba con mi padre, creo, asiduo visitante él de aquellos sitios. No era una librería de cadena sino una pequeña, de aquellas que no tienen poder de negociación frente a las editoriales, de aquellas que no reciben lo que compran sino aquello que las editoriales desean enviar. En ella los libros estaban por editoriales, no por autor o tema, y allí tuve la fortuna de encontrar lo que parecía una novela más. El libro de las pajaritas de papel. No había allí ninguna novela. Las palabras aquí no hablaban de un protagonista y sus aventuras o tal vez sus desventuras. En cambio, a mis ojos, magia.

Vivía allí un Ícaro que se llamaba Dédalo (mil perdones, pero en la emoción no recordaba diferencia), un toro que podía quizás lanzarse a la embestida, una monja llevada por el viento (y el viento lucía aún más que la propia monja). Un rostro, increíble rostro, un cerdo como pocos. Una paloma cuyas alas no se movían y, sin embargo, bailaban cada vez. Un drácula, poderoso, que se transformaba y volaba con mis sueños. Cada modelo más bello aún que el anterior. En medio del libro, color. Fotos de colores que mostraban figuras que nunca lograrían plegarse con semejante hermosura. Compré el libro con temblor en las manos. Era estudiante, aún en el colegio, así que comprar el libro era disponer de todos mis ahorros de más de un mes y pedir la ayuda de mi padre o de mi madre, ya no recuerdo mucho. Pero el temblor no era por su costo era porque la magia se encontraba en la punta de mis dedos. Y la magia, bien hecha, siempre conmueve.

No recuerdo el rostro del librero. No sé si miraba sin saber que había vendido. No recuerdo si el libro estaba codificado aún o no. En resumen no recuerdo más que los montones de horas y días tratando de plegar uno a uno aquellos modelos.

Vuelvo a aquel libro con frecuencia. Años después de haberlo comprado leí su introducción. Allí también existía un protagonista. Con aventuras y desventuras, con viajes, con una historia que parecía nunca iba a terminar.

Han pasado casi 30 años, bueno, 26 para ser exactos. Aún lo tengo en mi mesita de noche. Pocos libros viven allí. Mister Gwyn de Alessandro Barecco, El libro de los abrazos de Eduardo Galeano y El libro de las pajaritas de papel. Todos ellos son abrazos diferentes. Todos ellos, muchas veces, han sido mi compañía durante noches de soledad. Una mancha de agua recorre sus hojas en la parte de arriba. La portada, ha ido perdiendo sus dibujos y su lomo se conserva sostenido con cinta de emascarar. Ya huele a libro viejo, tan viejo como esta historia.

Juan Gimero es historiador por vocación, historiador de cosas viejas y tiempos pasados que se desvanecen en memorias antiguas. Hoy me ha devuelto más de 20 años en el tiempo. Hoy soy yo quien cuento esta historia, que ahora a él le pertenece. Gracias Juan. Montones de gracias.